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Lea Seydoux / Peter Lindbergh
Vientos de estraperlo

Tres historias de Navidad: El tiempo que no existe

Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada. No lo decía ella, no lo dejó dicho ella, probablemente tampoco lo creía, no así pensarlo, que no es lo mismo pensar que creer, ni es lo mismo pensar que respaldar o asentir. Cada mañana se levanta con la misma intención, la misma rutina mecánica y desahogadamente calculada. Un pie, el otro, las gafas, porque cree no ver cuando realmente sólo no ve de lejos, y es ese último detalle más que suficiente para ver poco o -en su caso, como ella cree firmemente- ver nada. Ese motivo especial para sentirse desgraciada o sola le retumba, le queda claro, se sabe poseedora de un destino que quiere a fuerza de habérsele pegado este a la espalda sin poder evitarlo.

Recuerda las frases de su abuela que le fueron transmitidas por su madre, “Hoy todo lo pretenden arreglar con el Derecho, un invento revolucionario, salvaje. No imagino a mi padre resolviendo sus diferencias con el contrario cayendo en el gesto de poca clase de contratar a un Abogado. Nada hay como un buen duelo. Es bueno porque todos saben cómo acabará pero no qué vida será la que termine”. Recordar le hace medio sonreír, porque quizá no tiene tiempo para ser feliz o no quiere serlo, porque el ser humano siempre cae en la autocompasión mal entendida que acaba siendo vista como algo bueno que aporta, no obstante, tiene claro que tanta disolutez  le exalta y le cansa.

Berta Beerman, descendiente de judíos rusos, esas amables personas, delicadas, adineradas, con clase, con poder y bien casados y enamorados, cualidades todas que ponían de acuerdo a todos para odiarlos, tiene claro que hoy volverá a hacer lo mismo que ayer. De camino a su oficina -ese trabajo que no le disgusta- se volverá a parar frente al mismo escaparate de cada mañana. Una tienda de gafas, que no óptica. No es tan frío lo primero como lo segundo, pues hay una suerte de delicadeza y preocupación en lo segundo que falta en lo primero; pasión en lo segundo, efectividad en lo primero, y la consecuencia de la suma de ambas cosas es ese escaparate en el que acaba siendo un arte meterle a la joven Beerman por los ojos las ganas de que su nariz aguante la misma montura que años ha llevó James Dean.

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El otoño que empieza a fenecer le gusta, empieza a tornarse en Invierno, le gusta lo que aún no está por empezar porque aún no dio inicio, es como el amor antes de ser amor, que se disfruta por encima de todo el camino y luego se reconoce la complicidad mutua. En esa Avenida venida a más confluyen variopintos destinos cada mañana y todos están dulcemente condenados a repetir la rutina diaria. El motorista al que nadie pone cara que parece estar llamando a los cuatro jinetes del apocalipsis, el lotero que mira a los ojos a los desconocidos, los empleados de banca que cada mañana departen en la misma mesa de la misma cafetería, la reciente viuda que pasea de oeste a este por aquella Avenida cada mañana. Todos son cómplices de las vidas de los otros de forma plenamente inconsciente, todos tienen algo de soledad, intacta o gastada, dentro, y todo eso que dentro llevan lucha por salir cada año en esta época en la que antaño todos estaban mejor acompañados y justamente protegidos.

A la abuela de Berta, Isadora, la detuvieron unos amables señores camaradas del partido en San Petersburgo en aquella Navidad de 1948, circunstancia convenientemente descrita por la madre de Berta, Maria, una amable y espigada señora que hoy no quiere estar ya en la vida de Berta.

-Entonces, usted fue represaliada por el Zar.

-Así es. Por entonces escribía poemas y frecuentaba círculos del socialismo utópico y mi hermana me denunció, ya se sabe, no veían bien en mi familia que deshonrase mi posición de dama queriendo buscar un oficio, porque tener oficio no es de Damas.

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-¿Y qué veían de malo en esos poemas?

-Lo mismo que ustedes ven de malo: el amor libre, aunque ustedes lo llaman “salvaje y excesivo individualismo´´ y los individualistas somos pulpos en este sistema de libertad proletaria que ustedes con tanta vehemencia defienden.

-Haremos una cosa, Ledi Beerman. Tiene hijos,  y dado que es de mal gusto encarcelar a una madre de familia respetable y respetada y teniendo en cuenta que a ambos nos une el destino de haber sido represaliados por el Zar, salvo por la circunstancia de que usted además disfrutó la buena vida, le daremos la posibilidad de marcharse tal y como usted quiere y desea. Sólo que tendrá que ser a nado. Si logra llegar a la otra orilla podrá irse de Rusia para pensar si atreverse a volver.

Desde aquella ventana de aquél despacho ledi Beerman podía ver el muelle del palacio de Invierno y al otro lado del Neva la puerta de la Muerte de la fortaleza de Pedro y Pablo, aquella por la que salían los condenados. Vital y sutil diferencia conceptual el hecho de que si Isadora Beerman conseguía llegar a la otra orilla aquella puerta se llamaría para ella Puerta de la vida.

Tras oír de su madre esa anécdota una y otra vez, Berta Beerman veía todo en su vida como un constante cruzar de una orilla a otra, todo eran franjas para ella, todo estaba separado por un obstáculo que determinaría una consecuencia positiva o negativa, la vida o la muerte. Y allí estaba como cada mañana, frente a ese escaparate calentando sus manos aquél día de Diciembre  con un café. Se conocen sin saberse conocidos, de cada mañana, pero sólo hoy se siente observada por vez primera en tres años. No es ni un segundo lo que ese joven la observa, mas bien observa el reflejo de ella en el cristal, mientras cruza a la otra orilla cuando no debe, el joven queda prendado ante el reflejo de la percepción y Berta no tiene tiempo a reaccionar cuando todo queda consumado. Desconoce la vida del extraño, si es solitaria como la suya, si esta época le gusta, si sabe qué es el amor. A veces jugamos a imaginar la vida de aquellos con quienes nos cruzamos, y ahora se arrepiente de no haberse imaginado quién era el joven atropellado por mor de un reflejo frente a un escaparate. De todo es causa un error de no saber elegir a qué orilla ir y en cuál quedarse. El reflejo del joven sin nombre se sale del marco de las gafas de Berta, el reflejo del joven sin nombre escapa de toda posibilidad de vida. Todo es un hilo.

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Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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