toy_sotry_3_crtica

Crítica. Los maestros de Pixar no han defraudado. La tercera y presumiblemente última entrega de las aventuras de Woody y Buzz supone el broche de oro a una saga ya inmortal en la historia del cine. Jesús Benabat. La escabrosa espera ha terminado. No me avergüenza reconocer que llevaba ya algunos meses en un cierto estado de nerviosismo y agitación cinéfila al conocer la fecha de estreno de la tercera entrega de los juguetes animados más inolvidables de la historia del cine. Son muchas las emociones traídas a mi mente en fogonazos de melancolía e ilusión que arrastra una saga como la forjada por esa factoría de sueños llamada Pixar. Woody y Buzz, esa improbable pareja de héroes antitéticos unidos por la más inquebrantable amistad, se han asentado en mi imaginario personal como dos viejos compañeros de fantasía, aquella que contribuyeron a construir cuando yo apenas contaba siete años y la primera película de Toy Story (1995) abría la senda de un exitoso catálogo de historias tiernas y divertidas que espolearon la imaginación de millones de niños de todo el mundo. Ahora regresan por tercera vez y la ocasión bien merece la expectación impaciente de mi espíritu de niño grande y el intelecto de un adulto en ciernes que no reusa el deleite suscitado por una historia tan conmovedora como profundamente humana.

La felicidad es aún mayor cuando aquello en lo que has puesto dosis ingentes de esperanza y promesas que sueñas sean cumplidas, se ven correspondidas por una película frenética en cuanto a la diversión que origina, emotiva por los sentimientos que hace saltar como resortes automáticos en nuestro interior, y asombrosamente cinematográfica en su depurado argumento, su cuidada puesta en escena y su retrato fiel y sincero de cada uno de los personajes que conforman un elenco excepcional. Toy Story 3 arrumba con los tradicionales estereotipos en torno a la maldición de segundas y terceras partes por méritos propios, porque la imperiosa necesidad impuesta por los productores de hacer caja no corre en detrimento de la calidad de la película en cuestión, y de ello siempre han sido conscientes los responsables de Pixar, quienes han sabido guardar y explotar con suma brillantez la esencia que les da identidad a cada una de sus obras.
Si las dos primeras entregas sirvieron para que el público entregado interiorizara ese mundo de fantasía que conectaba íntimamente con nuestra niñez y esos objetos que le dieron vida, la película que ahora nos llega completa ese cosmos, lo extiende a través de aventuras trepidantes y ahonda aún más en la personalidad de juguetes con características puramente humanas (aunque a muchos humanos ya les gustaría contar con al menos una tercera parte de los valores de los que hacen gala Woody y compañía). El paso del tiempo y el destino de aquello que deja de ser útil para los demás se erigen como dos de los argumentos centrales de una trama que sitúa a los juguetes de Andy en una compleja situación cuando este, ya a las puertas de la vida adulta, se marcha a la universidad y tiene que decidir qué hacer con esos viejos trastos que forman parte de su propia vida. Sin embargo, una cadena de casualidades accidentales depara un camino diferente a nuestra querida tropa, que cae en las redes de una mafia regentada por un malvado oso de peluche con olor a fresas en la aparentemente idílica guardería de Sunnyside.
Sin querer desvelar demasiados detalles de un argumento preciso y en ocasiones hilarante, se me antoja fundamental reseñar la obertura brillante y el final apoteósico de una cinta que opta en mayor medida por la acción pero que no ceja en su intento de emocionar al público adulto. La fábula del western inicial, con protagonistas tan disparatados como el señor Patata o el malvado “Chuletón de cerdo”, sirve como excusa perfecta para introducir esa nostálgica pieza de video casera, testimonio de una época ya perdida, en la que los juguetes eran los actores predilectos de un flujo incesante de imaginación desbordada por la mente inquieta de Andy.
Todo ello conecta con la emotiva ceremonia de legado que cierra la película y, probablemente, la saga, en la que un Andy casi adulto y melancólico se despide de sus juguetes, percatándose de que estos no son meros cacharros de plástico sin vidas futuras, sino objetos a los que, de alguna manera, se les ha transmitido vida a lo largo de cuantiosas horas de juegos y fantasía.
Sin embargo, todo ello trasciende en una realidad aun más profunda que dota de una espiritualidad especial a esos juguetes como portadores de un trozo de vida del joven que, en el momento de la despedida, siente ese desgarro, ese traumático paso a una etapa muy diferente de su vida en la que ya no tendrán cabida los episodios estrambóticos que imaginaba en su infancia con seres de otras galaxias y vaqueros heroicos; cuando Andy se desprende de sus juguetes se está despidiendo de una etapa de su vida que ya no volverá aun manteniéndolos con él, por ello decide trasmitirlos, legarlos a una dulce niña que les regalará nuevas aventuras que vivir y protagonizar. Es imposible no sobrecogerse ante una escena que supone un shock contra nuestros propios recuerdos, nuestra infancia perdida, aquella en la que clicks de Playmobil, action man, power Rangers, barbies (y Ken), bebés terroríficos y un largo etcétera de juguetes inolvidables tornaron nuestros largos días de aburrimiento y despreocupación en excitantes aventuras con la imaginación como único artífice.
Toy Story 3 es, pues, la guinda perfecta a una saga ya inmortal en la historia del cine. No sólo dentro del género de animación o infantil, sino como una obra maestra del cine con mayúsculas, aquel de grandes iconos de carne y hueso, proyecciones ancestrales y absolutos genios de la dirección. Pixar lo ha logrado por méritos propios, con cariño enternecedor, mesura, diversión sana y originalidad sin límites. Que continúe la función; toda una generación de niños grandes esperan ansiosos una nueva sesión de cine para soñar.
Llamamiento especial. Adultos de todo el mundo, por favor, no corran fuera de la sala cuando los primeros créditos finales aparezcan si no quieren perderse un epílogo excepcional con momentos francamente desternillantes, como ese Buzz Lightyear congraciado inconscientemente cuando nuestra cultura popular. De igual modo, no lleguen tarde, ya que no podrían disfrutar de otro emotivo y brillante cortometraje de Pixar, Día y Noche.

www.SevillaActualidad.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *