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John P Napolitano fotografiado por su padre, John Napolitano / SA
Vientos de estraperlo

John Napolitano

Humedad, si algo se recuerda bien de los viajes son las sensaciones y los olores. De Nueva York recuerdo la humedad al llegar, al desembarcar en el JFK, un aeropuerto no especialmente bonito pero si realmente impresionante por su inmensidad.

Para olvidar la cola de hora y media para la identificación con el pasaporte mirando a los ojos, resistiendo, al funcionario de la policía que por turno le toca a esta parte. Un Where you come from? De cortesía mientras el funcionario devuelve el pasaporte aparentando cordialidad y vía libre para entrar en Estados Unidos. No era ya tiempo en el que caían lágrimas en el suelo de Elis Island por la tensión de saber o no saber si el barco iría de vuelta con nosotros. Los críticos dirán que es especial característica de los americanos hacer un espectáculo museístico de todo lo que puedan, tanto si es trágico como alegre; esta parte prefiere saber y tener claro que nadie en nuestro tiempo ha sabido rendir tributo a cada una de las etapas de su joven historia, tanto la que es preferible olvidar como la que es necesario ensalzar.

La primera noche fue para disfrutar y recordar riendo dónde estábamos. Me impresionaba el dulzor de la Cocacola que la distinguía de la Cocacola europea, aquella Cocacola que viajó -al menos en mi imaginación- de Atlanta a Manhattan me gustaba y gusta más. No entiendo el furor de estos días por ese invento con nada de azúcar y nada de nada, siquiera gracia, mención al margen el patrón igual que siguen todos esos entusiastas de ese refresco insulso que adolece de lo más importante: chispa. Nueva York, gusto más llamándola New York porque las cosas son por el nombre que tienen en su lengua y no en la nuestra, es gris; no necesita tener color, ni falta le hace, es una ciudad hecha para que siempre sea de noche. Las ciudades no son lo que son por su vida diaria, si no que son lo que son por lo que soñamos que fueron; sería una fortuna vivir en New York y verse esta parte convertido en Charles Boyer en Tu y yo. Si Dios existe tiene preparado para New York un nuevo destino: dejar que la ciudad no avance más allá de la década de los 60 y quede siempre en la locura y trasiego de tres décadas.

Recuerdo con nitidez el segundo día de aquél verano de mis 19 años en New York, el ferry de Staten Island, la tormenta en medio de un día soleado, la estatua del ejecutivo sentado revisando sus papeles que tantas veces vi en la tele cubierta de escombros. Hemos visto tantas veces esta ciudad en el cine que cuando andamos por sus calles tenemos la creencia firme indiscutible de que estuvimos allí con anterioridad. En un recoveco de galerías de andamios justo en frente de lo que eran las Torres Gemelas, y justo al lado de la estación de bomberos del World Trade Center, encontré un mural en el que se podía leer la llamada de socorro de un padre en busca de su hijo. El teniente de bomberos John Napolitano desapareció el 11 de Septiembre de 2001. Aquella pared en la que estaba la foto de John también tenía flores y servía de improvisado altar en memoria del hombre, padre, hijo y bombero. Un ruego de llamada a un número de teléfono, una llamada a la tranquilidad con ese “Tu padre estuvo aquí”, para que John supiera que su padre no dejaba de buscarlo, que bien estuviere bajo los escombros sin posibilidad de ser rescatado o bien en un hospital o una morgue su padre estuvo allí, su padre seguía buscándolo.

Rara vez somos conscientes de lo cerca de nosotros que está la muerte. El teniente Napolitano ignoraba aquél 11 de Septiembre qué iba a pasar, ignoró si iba a sobrevivir al final del día cuando vio aquellos dos aviones pilotados por terroristas estrellándose contra uno de los tronos invulnerables de nuestra civilización. John Napolitano, padre de dos hijas, marido e hijo amado, no estaba allí para razonar o replicar, si no para salvar vidas sin importar la suya; de cabeza a pies era Napolitano la Brigada Ligera. No estamos preparados para el dolor o la muerte, para ese romper de diente del tiempo contra nuestra viejas estatuas -como escribe Wiesenthal-; aquél día tomé conciencia de que se nos ha criado dando pasos hacia la creencia de que nuestra única misión es ser felices, y no, para ser feliz hay que sufrir, hay que perder, pues cualquier día podemos perder lo más importante.

Ignoro desde aquellos días de 2008 qué fue de aquella llamada de auxilio, si está en el memorial del 11-S o si sigue siendo un altar como el acerado de las calles colindantes al World Trade Center, lo que si no conseguí borrar desde aquél día es aquella frase: Dad was here. Porque siempre habrá alguien que nos busque, alguien que nos haya enseñado a dar la vida por los demás y que la da por nosotros.

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Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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