De entrada, según cuentan, y a pesar de haber perdido la partida, Alfonso VI se quedó con el tablero y las piezas de ébano y sándalo, un real capricho en compensación por la amarga derrota ajedrecista, aunque cumplió su promesa. Eso sí, a su manera. No atacó Sevilla pero tampoco perdió la batalla, sencillamente cambió de estrategia no levantando el sitio, que puede parecer que es igual, pero, si lo piensa, no es lo mismo. De hecho, el asedio no acabó hasta que Al-Mutamid pagó un cuantioso y exorbitante tributo.

Historia o leyenda, realidad o ficción, no sé qué decirle, quizás nunca se sepa. De un lado, la realidad siempre es más prosaica que la ficción, es lo que tiene la prosa frente a la poesía, pero de otro está visto que las leyendas gustan por lo que cuentan y cómo lo hacen, siempre con su carga poética. Como la de jugarse los destinos de toda una ciudad a una sola partida de ajedrez, si eso no es poesía..., así que lo dicho. No sé.

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Carlos Roque Sánchez Gómez

Catedrático de Física y Química jubilado. Autor del blog 'Enroque de Ciencia' (carlosroquesanchez@gmail.com)