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Que le gritaste, que la miraste mal, desde arriba, por encima del hombro. Que no la saludaste, que hablaste muy poco, o demasiado, que no le preguntaste por sus problemas, que te explayaste mucho en los tuyos propios.

Que no le agradeciste lo suficiente aquello que hizo por ti, que la despreciaste, o que no la tuviste en cuenta. Que no estuviste ahí cuando te necesitó, o que estuviste más allí que aquí, cuando aquella persona no escatimó tiempo en estar donde y cuando tú lo necesitaste. Que la ofensa es problema y responsabilidad del ofendido, no del que intenta ofender. Que ninguna persona a la que no le hayas dado poder sobre ti podrá jamás ofenderte.

Que no detectaste su debilidad escondida en una apariencia jocosa, en una vida solitaria, en unas excusas extrañas. Que lo que siempre habías pensado era erróneo, y lo que esa persona creía estaba en lo cierto. Que la vida no es blanco o negro, sino que tiene infinitos colores. Que no lo sabes todo, y que los demás no son tontos.

Que la pobreza no es lo que tú creías, que no se basa sólo en el dinero, sino que se puede ser pobre de muchas formas. Que probablemente, todos nosotros, de algún modo, lo seamos. Que la fortuna tampoco es propiedad de la economía, y que las mejores riquezas son gratuitas. Que el tiempo es lo más importante, tiempo para estar con tu gente, con tu familia, con tus amigos, contigo mismo. Tiempo para pensar en lo que hiciste, para imaginar lo que harás, para planear lo que te gustaría, para asimilar lo logrado hasta ahora. Tiempo para digerir tus fracasos, para enfrentar tus miedos, para vencer tus inseguridades.

Que una sonrisa es casi mejor que un “hola”, y que esto es infinitamente mejor que el silencio y la ignorancia. Que además, un saludo es gratuito, así como un agradecimiento. Que cada palabra importa, tanto las dichas como las no dichas. Que no serías nadie si te quitasen tu alrededor, tu entorno familiar, amistoso e incluso desconocido. Que tú eres tú y tus circunstancias. Que eres mucho más que lo que dice tu curriculum. Que somos lo que somos, pero también lo que el resto piensa que somos. Que no eres sólo lo que eres, sino lo que no conseguiste ser. Que la otra persona no es quien intenta aparentar, o quien se esconde en la idea que tenemos de ella. Que nuestra percepción es tan sólo la forma en que interpretamos el mundo, pero que no tiene nada que ver con cómo sea éste realmente.

Quizás la vida no sea más que un camino en el que vamos tachando en una hoja todas las veces que nos damos cuenta de algo que hacíamos mal, todos los momentos en que se enciende una bombilla que te reclama “¡stop!” y te obliga a pensar más allá de lo evidente y aceptar que estabas en el camino equivocado. Quizás la vida es tan solo darse cuenta de las acciones, de las cosas, de las personas, de los sentimientos, de ti, de él, de ella, de mí, de todos. Quizás en cada ocasión que nos damos cuenta, nos acercamos más a un estado, a un sentimiento, a una sensación, a un lugar incluso físico: la perfección.

Quizás, entonces, “darse cuenta” sea la forma en la que nuestro cerebro se acerca a comprender de qué va esto de vivir. Démonos cuenta, pues.

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Eduardo Parody

Biólogo de formación con filósofa deformación, escritor, autor de la novela 'La soledad del escribido' y del blog 'Mi Mundo Descalzo', ha sido infectado por dos moscas ciertamente peligrosas: una,...