Introducir datos en un Excel y compararlos con otros pertenecientes a otra tabla cualquiera; completar un informe de temáticas diversas; aconsejar sobre un asunto determinado, ya sea legal, médico, de decoración, de mecánica, de albañilería o de fontanería; convencer a un cliente de que compre un producto; acudir a reuniones donde se decide lo que otras personas ajenas a uno mismo deben hacer a partir de ahora; gestionar autorizaciones burocráticas de todo tipo; servir copas en una barra de bar atestada de gente y ruido; luchar por introducir la pelota dentro de una portería; poner multas a aquellos que se salten el código de circulación vial… etcétera, etcétera, etcétera.

No tenemos ningún inconveniente en comprender y aceptar que la gran mayoría de profesiones deban ser remuneradas. No discutimos que un funcionario cobre, que un empleado de cualquier empresa tenga derecho a una nómina justa a final de mes, o que un autónomo que se dedica a la venta de seguros obtenga una retribución por cada contrato que gestione. Comprendemos fácilmente que el tiempo ocupado requiere compensación económica para que uno pueda seguir trabajando en aquello en lo que cree es lo mejor que hace, o a lo que circunstancialmente se dedica.

Pero de repente nos chocamos con la cultura. Escuchar una obra de manos de una Orquesta Sinfónica; vibrar y sentir algo por dentro en un concierto en cualquier pequeño bar o escenario; acudir a una exposición en la que se muestran pinturas y esculturas con formas imposibles; leer un libro que te toca el corazón, que te recuerda a tu vida, que te hace entender la de los demás; ver una obra de teatro descojonante, o una película maravillosa… etcétera, etcétera, etcétera.

La cultura es aquello que no se transmite por los genes, que sólo es posible traspasar mediante el esfuerzo del que la traspasa, pues debe enseñar a amarla, a quererla y a promoverla, y a la receptividad del traspasado, que debe activamente absorberla, trabajarla y estudiarla. A través de la mezcla de la razón y del corazón, el artista intenta comprender lo que nos rodea, descomponiendo la realidad en sus partes y volviéndolas a unir para producir algo que promueva un acto de reflexión y sentimiento en la otra parte. ¿Qué es lo que nos remueve por dentro al ver esa película u obra de teatro, al contemplar una determinada pintura, al leer aquella novela o ensayo impactante, o al maravillarnos con lo que es capaz de hacer cualquier artista con sus manos, un orfebre, un carpintero o cualquier oficio? ¿Cómo consiguen acceder a nuestro más profundo YO?

Pintar, esculpir, hacer música, cine, teatro o escribir, ¿puede eso sostenerse sin que se vea remunerado? Estamos dispuestos a pagar casi diez euros por una copa en cualquier discoteca o bar de postín, pero cuando ese mismo precio lo vemos en una obra de teatro, en una película o un libro de bolsillo, decimos que es caro. Dando sólo importancia a las profesiones consideradas “útiles” a corto plazo nos arriesgamos a que en pocos años, la pregunta más profunda que se haga el ser humano sea “¿cuánto cuesta eso?”. Adiós al de dónde venimos y a dónde vamos.

Debajo de los puntuales artistas multimillonarios, existe un océano de mindundis preparados, con ganas y aptitudes de expresar su arte, y sin posibilidad, ni infraestructura, ni apoyo alguno para llevarlo a cabo. Estamos rodeados de una cultura sustentada por el propio altruismo del que la hace, pues las condiciones en las que se desarrolla, aquellas con las que las instituciones y entidades públicas y/o privadas someten a los artistas, sólo hace pensar que la cultura no se crea ni se transforma, tan sólo se destruye.

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Eduardo Parody

Biólogo de formación con filósofa deformación, escritor, autor de la novela 'La soledad del escribido' y del blog 'Mi Mundo Descalzo', ha sido infectado por dos moscas ciertamente peligrosas: una,...