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El Padrino; El arte de la mafia (*****)

Crítica. En nuestra Filmoteca no puede faltar una de las obras cumbre de la Historia del Cine. Grandes actores dirigidos por un gran director con uno de los mejores libretos jamás escritos. El Padrino es, sin duda alguna, una de las mejores películas de la Historia.

Pocas veces una melodía ha sido tan significativa. En escasos momentos hemos vivido comienzos tan emocionantes en la Historia del Cine. En contadas ocasiones hemos sido testigos de una buena adaptación literaria al cine, sin duda la asignatura pendiente del entramado hollywoodiense. En 1969, el novelista Mario Puzo escribió una magistral obra sobre una familia heredera de la auténtica Mafia siciliana que exportan sus negocios al Nueva York de los años 30. Su cabeza de familia, Vito Corleone, ha sido uno de los grandes iconos de los más de cien años de retrospectiva cinematográfica.

Un joven Francis Ford Coppola se atrevió a dirigir una adaptación de esta novela de Puzo y llevarla a la gran pantalla con una complicada labor de redacción, producción y dirección que hizo temblar los cimientos de Paramount Pictures y a punto estuvo de arruinar el futuro de la cinta.

Nombrada como “la mejor película de la Historia“, de serlo es un título más que merecido. Jamás contemplaremos un mejor trabajo de interpretación como lo realizaron Al Pacino, Robert Duvall, John Cazale, James Caan, Diane Keaton o Sterling Hayden, muchos de ellos nominados a los más reconocidos premios del cine. Mención aparte merece mi adorado Marlon Brando, el actor con el que suelo comparar a todos los intérpretes que observo. Su naturalidad al frente de un complicadísimo rol en la película le hicieron merecer un Oscar que despreció por cuestiones relacionadas con el maltrato a los pueblos indígenas por parte del conjunto de Hollywood. Pero olvidando este incidente que dejó a Roger Moore y a Liv Ullmann con la estatuilla dorada en las manos sin saber qué hacer con ella. 

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Sus prótesis en las mandíbulas, su manera de morir mientras juega con su nieto mordiendo una naranja con el único fin de asustarlo, sus gestos y sus modos de enfrentarse a un papel que le hizo inmortal son razones más que suficientes para adorar a un Brando pletórico y lleno de vitalidad en una película única e irrepetible.

De libreto sencillo pero de duración extensa, Coppola manejó los hilos de una trama en la que las relaciones familiares entre clanes mafiosos e incluso las traiciones internas tomaban la nota predominante en la mayoría de las secuencias. Todos los personajes tienen su psicología bien definida. Pronto, nada más comenzar la película y escuchar ese famoso vals, podemos comenzar a empatizar con cualquiera de los seres, algunos más malévolos que otros, que aparecen a lo largo del metraje.

Y no es sólo cuestión de grandes interpretaciones ni de un gran guión. Ni tan siquiera de una gran dirección. Es cuestión de que cada persona, amante del cine, debe detenerse ante todas y cada una de las secuencias. Todavía me emociono cuando escucho el violín melancólico del tema de apertura. Mi vello corporal se eriza cuando ese tirano productor recibe en su propia cama un castigo “que jamás olvidará” donde la cabeza de un caballo tiene todo el significado. Todavía se me remueve el cuerpo cuando contemplo impertérrito el asesinato en el peaje de Sonny Corleone.

Son pequeños detalles que, acumulados uno tras otro, confeccionan una de las películas más grandes jamás realizadas. Quizás no sea la mejor. Pero se acerca bastante a ese ideal de trama que todos querríamos contar y que nos contaran en una película. Poco a poco se comenta que, a lo mejor, Coppola debió conformarse con terminar la saga Corleone con la segunda película, realizada un par de años después con prácticamente el mismo éxito. Sin embargo, nos sobra la tercera entrega en la que en un intento desesperado por recordar que existe la familia Corleone, lo único que Coppola logra es matarnos de aburrimiento y hacernos sentir estúpidos ante la nostalgia que nos invade al recordar a Marlon Brando o a Robert De Niro en aquellas inimitables recreaciones.

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¿Por qué hay que ver El Padrino? Porque es cine en estado puro. No es una idea original. Pero jamás un libro estuvo tan bien llevado a la gran pantalla. Porque tenemos la oportunidad de ver a un Marlon Brando que comenzaba el ocaso de su carrera cinematográfica, el cual llegaría con Superman y Apocalypse Now. Porque no podemos evitar mantener la boca abierta ante las más de dos horas y media de auténtica Mafia siciliana, infinitamente superior a la posterior Uno de los Nuestros o Los Soprano, dos obras que beben directamente del libreto de Francis Ford Coppola.

Busque el DVD. Encienda su aparato y su televisión. Apague todas las luces y déjese llevar por una de las películas por las que merece la pena dar las gracias al cine por su existencia.

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