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Vientos de estraperlo

De señores y fantasmas

El gran error de los hombres es algo interesante y doloroso de reconocer. Los hubo en su momento que lo reconocieron y se jactaron de ello. El precursor no fue otro que un jovencito de Oakpark que acabó siendo premio Nobel, soldado de trinchera y muñidor de primera hora de aquellas campanas que sonaban por los propios hombres. Desde entonces se instauró en los hombres la insana pero elegante manía de ensimismarse observando el mar como si estuvieran perdiéndose en los ojos de una mujer.

De esta forma, se subestima al mar y se subestima a la mujer. La mujer no tiene la fuerza de las olas, y el mar no llega ni a la suela del zapato de una mujer: ellas son más fuertes. En contadas ocasiones se cae en la trampa del subconsciente y creemos que somos nadie, una trampa de nosotros mismos. Creyéndonos capaces de reinar sobre nuestro propio caos, a pesar de nosotros, capaces de acabar con todo lo bueno y bello -la misma cosa una que otra-. Quizás eso pensó un locuelo llegado a esa ciudad de estrellas con ínfulas de llegar a ser otro Bogart, Mitchum o Flynn más. Pero no, los sueños se rompen siempre sobre el asfalto. Como la lluvia, como las lágrimas.

Sí, era una trampa de sí mismo. Charles Manson era una trampa de sí mismo y de toda la ciudad de Los Ángeles. Expresión gráfica del ‘American dream’. La misma California que vio desangrarse por la calle en una noche de primavera a Sal Mineo, aquél amigo con el que James Dean tuvo más que palabras, o eso dicen. Aquél Hollywood en el que Montgomery Clift estaba bien dirigido si el tenía vía libre para nadar entre bourbon camino a la autodestrucción. Little Bastards ignorando los perfumes de mas de una Lolita que se cruzaba en el camino sin mirar atrás.

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Así. Como si la vida fuera un verano que no acaba. Pero no, la vida no es más que un verano peligroso, peligroso porque puede acabar en un segundo. Aunque se luche contra toda la maldad y creamos que el destino pueda perdonar unas manos deshechas por la lucha por alcanzar el sueño que se desvanece. Los Ángeles siempre fue la ciudad de las Estrellas antes de que llegara Damien Chazelle a contárnoslo con una brillante banda sonora sacada bajo la manga con tres acordes. Por cierto, a pesar de lo contrario, película oscura y triste donde las haya.

Pues sí, en los Ángeles, en aquellos 60, se tenía todo. A Sal Mineo desangrado en una calle cualquiera, a Clift en su estado natural o a Joan Crawford y Bette Davis discutiendo por ver quien era la dueña de la ciudad. Y si decimos todo, también decimos la muerte. Charles Manson era una trampa, nada, nadie, él mismo lo confesó después. Después de acabar con la belleza. Tan sumamente inepto e ignorante que confundió a Sharon Tate con Candice Bergen y no le quedó mas remedio que saciar la sed de su sádica locura -valga la redundancia- llevándose por delante el verano eterno de aquella California que era mas escenario que realidad.

Manson era como el Bryan de los Monty Pyton: con solo decir frases vacías de disimulo para huir de los romanos tenía una ristra de seguidores. Estos se hacían llamar ‘la familia’, así tres jovencitas indignas de mención fueron las manos ejecutoras de aquella orgía de sangre en una noche brillante en la que reventaron las vidas de Sharon Tate -embarazada de Roman Polansky- , Jay Sebring, Voytek Frykowski y Abigail Folger. Entonces hubo un crepúsculo y un amanecer. Se acabaron los 70. Se acabó el verano eterno de las flores, y entonces, aquellas estrellas emergentes del rock comenzaron a elevar a Manson al status de icono rock de una época por lo tétrico y macabro de su personaje.

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Sí, algo irracional, pero nadie dijo que el rock fuera algo cuerdo. Por ello, Sharon Tate y sus amigos quedaron durmiendo el bello sueño de aquella juventud eterna, mientras Charles Manson era tratado de señor por algunas estrellas de rock. Ahí lo tienen, si, hasta Guns N’ roses llevó camisetas con la jeta de Manson como si fuera la reencarnación del mismísimo Jim Morrison. El único crimen de aquél Hollywood de sueños rotos y voluntades por construir fue quizás quererlo todo. Y cuando recuerdo esto me viene a la cabeza aquella canción de Led Zeppelin, aquella estrofa ‘Want to whole lotta love’. Tanto tuvieron y quisieron que acabaron como Cowboys de medianoche lamentando que la vida era real y que la muerte acechaba.

Algunos vivimos enamorados de fantasmas. Quizás por eso llevo tatuada una corona de laurel en el antebrazo derecho, algo que me recuerde cada día que todo lo que admiro ya se fue y no está y afortunadamente, esa gorra de Los Angeles Dodgers de la que jamás me separo me recuerda ese verano roto por el trueno y la sangre, como si llevara a Sharon Tate en mi cabeza y al resto de fantasmas en el brazo derecho.

Hay un momento en la vida en el que las estrellas de rock dejan de contar sus aventuras con las chicas que se llevaron al hotel y empiezan a contar el inventario de cosas que no pueden hacer por prescripción médica. El resto de mortales tenemos como mayor aventura observar cómo esa diosa de la mañana calza mejor que nosotros nuestras camisetas de Led Zeppelin y los Who. Como si ella fuera el fantasma de Sharon Tate. Y el verano no acaba y el señor Manson jamás existió.

Sobre el autor

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos', proyecto centrado en la redacción de artículos para la regeneración política, económica y cultural de Andalucía. Le interesa la historia y las relaciones internacionales.

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