Burt-Lancaster-en-El-gatopardo-de-Luchino-Visconti

Lo que no te mata te hace más raro. No lo digo yo, lo decía ese Joker insuperable de Heath Ledger. Y es cierto, vivir implica enrarecerse, perderse en lo insano y recrearse en lo sano, en lo fugaz.

Porque lo que es eterno es todo aquello que puede matarnos, salvo el aburrimiento. Papá -el que gastaba vidas y alcohol en la Habana- decía que solo existían tres deportes. A esos les sumo uno: observar el mar. Con ello, uno puede experimentar esa sensación de ansiedad mientras recrea mil y una vidas posibles con el mar como marco y conversaciones de fondo de otros.

Mientras fluye el viento de Estraperlo, el que viene y no se va y se lleva la vida, se pasean por la boca aquellos placeres, porque placer es todo lo que pasó en la vida, incluso aquello que nos pareció en su momento aburrido. Aquella película de Visconti que mi yo joven vio y a la que casi no sobrevive porque duraba cuatro horas. El rey loco. Como premonitorio es el título de aquel metraje del Conde Visconti, premonitorio porque quien termina de verla termina loco, y siendo rey, de lo absurdo y del propio palacio de la aventura de la vida.

Dicen que la vida huele, no duele, huele. Para mí tiene tres olores: a verano, a derrota y a las uñas recién pintadas de esa Lolita que lee a Hesse y a la que le pega ser ese amor imposible de una novela de Baricco. La vida puede verse incluso a través de una papelera. Los abogados decimos mucho con nuestras papeleras. En la mía hay sobre todo peras, cafés para llevar y algún que otro poema escrito sobre servilletas. Peras para el verano, cafés para ella con sus uñas recién pintadas -si existiera- y poemas para la derrota. Porque en la derrota y en el arrastre es cuando mejor sabe el humo, y qué difícil es dejar de lado el humo cuando quien te lo dice te lanza la palabra sentado y tu estás de pie, ahí, viviendo.

Yo gatopardo, ella mitad Loren mitad Hepburn -la de Hartford, Connecticut, la de verdad-. Leí esta semana que no hay que enamorarse de criaturas salvajes. Supongo que Capote lo diría por el hecho imposible de enamorarse de uno mismo. Mientras sonaba el Sting de aquél concierto cantando aquella fábula de un hombre mayor con una esposa joven. Ese Gordon Summer de rompe y rasga al que alguien debiera haberle dicho hace tiempo, “a tí te ocurre algo”. Pero no, mejor escucharlo de mañana, mientras las tostadas marcan el “llámame” dicho sin palabras y con la mirada abrigada por una camisa mil tallas más grandes que lo que ella jamás quisiera.

It shall come to pass… parecen decir las olas mientras quieren romperse en la arena de levante. Y ahí seguimos, como pidiendo fresas al horizonte que queremos que se dibuje claro, el de cielos rosáceos al perderse el sol por no sabemos dónde, como si las nubes llevaran dibujado y escrito cada tarde -como esa sombra de ojos de negro hipnótico- Inshallah. Ya se verá. Ya veremos a través de qué se vive la vida, si del café, de la derrota o a través de manos que se agarran al cabello ajeno como entregando mil vidas. Las calles de la ciudad amanecen mojadas porque una vez llovió en ellas y mientras pisa con decisión la observo como diciéndole, las calles saben a tu nombre, y me deja un sabor como de ayer. Del ayer que no quise que jamás fuera o se fuera, fuere a ser que la magia se perdiera, como ese ayer y el hoy en el que ella mira fija y queda diciendo -y dando título a aquél libro de mi estantería- Mañana en la batalla piensa en mí. Y en esa batalla constante de recuerdos quedamos vernos.

Y la mejor fiesta acabó en la cocina. Visconti quedó pintado en el vago recuerdo de aquella anécdota que fue aguantar aquellas cuatro horas de metraje y perdió aquél vuelo a la Roma de sus días, a cambio aprovechamos el desayuno incluido en el régimen de hotel de una vez en la vida y no más. Pero en el mar quedaron la vida y las batallas, la papelera insana y el olor de sus uñas recién pintadas; tell you once, i won´t tell you againtarareo mientras bailo con el humo recordando al niño impresionado con La muerte en Venecia y al joven enamorado de Marion Cotillard. La broma ya pasó, la vida no -que se quede- y si hay que vivirla, me quedo viviéndo a través del olor de sus uñas recién pintadas pugnando con el humo del café fugaz de la mañana´´.
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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos',...