Catedral / Jaime Fernández-Mijares

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Pasa con las bajas pasiones lo que con la vida, que todo consiste en sobrevivir, que la vida es para lo que es o «ye pa lo que ye´´ -que escuchaba uno en los años de días azules y dioses de permiso mientras van de paso-, y lo demás es para otra cosa. Pasa con los días, con estos días, que son lo que no parecen. Me cuenta el día de año nuevo uno de los amigos que no existe hoy la impresión de día de año nuevo, que han faltado cosas que nos lleven hasta ese día último que abre la cerradura no automática del día siguiente, el día que es, por ser el primero, por ser el único día que es distinto a los centenares sucesivos, que no sucesorios. Al día de año nuevo llegamos todos llorados de casa y sonrientes de calle, con cosas que han merecido la pena en la mochila, cosas que hay que olvidar que pueblan los bolsillos y cosas que tienen que pasar amueblando las cabezas.

Si en este año no hubo lo que había de darse para poder llegar bien al último y primer día, no hubo feria del libro antiguo, no hubo feria del Libro a secas, no existió esa semana de color en medio de la Primavera que es poca Primavera por morir en pocas semanas, semana en la que las Mercedes y los Luises juegan a enamorarse sin equivocarse, qué otra cosa puede ser la clase de bailar sevillanas, un cortejo simulado a la par que improvisado, poco resuelto y sin fin porque el final jamás llega. Dios no se desangró por las calles, pero si dio en desangrarse dentro de todos los que siempre hicieron como que esperaban, los que salen a ver y dejarse ver, porque la Ciudad es experta en poses de ver y no tener que saludar alegando lo que no se puede alegar porque «no te vi, no me di cuenta, me hubiese alegrado mucho verte´´, porque aquí todo es al final y al inicio como en La Venganza de don Mendo, pero titulándolo La venganza de don Chufla. Todo al final es cuestión de erótica del interés, cenas e invitaciones por lo que uno puede aportar por lo que no es y parece ser, y es inhóspito ese territorio en que el corazón no existe porque no se sabe qué es.

Lo cierto y poco honroso es que quien suscribe pide poco, pero solicita mucho, porque ante la virtud de pedir está el defecto de esperar pero quejándose porque no llega lo que uno cree que está de Dios que llegue. Un jersey de ochos de Ralph Lauren de un rosa indescriptible pero bellamente perceptible y admirable, sólo piel debajo ,vaqueros claros, una copa de vino y el Ducaditos en la misma mano, un escurrir los labios mientras se piensa o mejor mientras se hace como que se piensa, un «ya lo pensaremos´´ descalza mientras las uñas pintadas y las pestañas dan sombra a un paraíso ilocalizable para los extraños pero fácilmente localizable para un osado. Tras los ventanales sostenidos por el suelo de madera quedaría el mundo, que ese mundo podría estar fácilmente congelándose, en el mejor de los casos, o quemándose en el peor de ellos, no obstante, cualquier idea de destrucción mientras enmarque el amor o la apariencia del mismo que es el cortejo es extrañamente bella si al final de la destrucción de todo queda lo que tiene que quedar.

Esta parte pide o espera lo anterior, espera impaciente pero a uno siempre le dan lo que efectivamente no espera, lo que puede irse efectivamente de manos y no llegará a buen destino pero a algún sitio llegará. Lo bueno de la Navidad o las postrimerías del primer día que es ese día de Año Nuevo es que todos vuelven porque tienen que volver y siempre dan cuenta en avisar a quienes saben que no eligieron otra vida ociosa entre el trabajo que la mínima perdición, esa que está ahí a pesar de que uno siempre la huya, pero ahí queda. Se echan al pecho lo que vean, si acaso el Punch de siempre, el Cohiba siempre fue presuntuoso y de nuevos ricos, nunca es que fuere para tanto. El Davidoff de jovencitas que no tiene ni deja olor no es mala idea, pero probarán con el fuerte, la Ginebra que venga de donde tiene que venir, allende las damas en verano parecen haberse caído como lágrimas de Atenea y no necesitan más adorno y antorcha que las luces de la villa del poeta triste que viento no tenía y que aguardaba impaciente, en el invierno de su vida, en la Quinta del Pardo.

La Ciudad siempre reserva en estas situaciones una serie de sorpresas para aquellos que caminan sin destino y sin mirar a las nubes. «Es la primera vez que me fijo en ese edificio, porque también es la primera vez que estoy a esta altura´´ ,e incluso a esa altura uno no deja de ser el niño que se esconde tras las blancas esquinas y no pestañea, fuere a ser que el escenario se caiga y quede todo en el suelo como arrugado. Aunque lo bonito queda en el día anterior, ese gesto gimnástico, alegre y enfurecido al sostener el cigarro entre manos delicadas que tiene siempre esa joven, y en el posterior, siempre queda como inolvidable el momento construido con mimbres inesperados. Dar pasos en falso no resulta ser mala cosa, no puede serlo, no tiene por qué serlo. El mismo amigo que cuenta que no tiene impresión de Año Nuevo me confiesa «Yo sólo salí a comprar un libro de Jaime Siles, y aquí estamos´´ , y mientras en las azoteas jugamos tres a ser exploradores de lo ya descubierto caen la cuenta estas partes que es aquí, sólo aquí, a estos pies, cuando el tiempo de lo blanco es anterior al dibujo sonoro de la línea.

 Tanta majestad impostada y sin disimular de una reina abruma, no sorprende, asusta, pero no aterra. Somos todos invitados a un palacio real en el que muchos no se saben invitados y pocos se saben bien hallados. Hay ocasiones en las que las ciudades ejercen de palacios de Reyes y ya se sabe, como dice Trapiello, que a los palacios reales sólo se puede ir de dos formas: si te hacen rey o el rey te invita. De día ya sabemos quién manda y ordena, de noche todo es una anarquía en la que el frío guía el camino, da el destino inexplicable y otorga armas a estos súbditos que pueden jugar a creerse rey. Si se piensa, todo está dado para incumplir normas razonables no escritas, esta reina sonríe si los pantalones blancos se usan para sortear charcos, y yo jamás iré contra una Reina vestida de ciudad a la que le gusta sonreír sin que le quiten el mando y la razón.

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos',...