Maradona / Masahide Tomikoshi

A la hora de nominar objetos el hombre tiende a vestirse Dios, no a creerse el mismo, vestirse del propio. Occidente no acabó derivando en una bacanal de desconocimiento y perversión, tiende esta parte a pensar todo lo contrario por cuanto que los años, los siglos, son los que nos harán justicia, a nosotros, esos alguien que vivimos en este tiempo pasado a no ser o no querer ser. Había runrún cierto y fundamentado en que la conjetura había dejado de ser conjetura para ser teorema. Pasa eso mismo con el amor, ese creer que se ha caído en redes cuando manifiestamente es esa palabra de cuatro letras que si se invierte acaba apareciendo otro nombre eterno. Todo acaba derivando en complicidad, en algo que no hay pero hay que demostrar, que no se toca, pero ahí está, entre dos. Desde mediados de los 90 existía la creencia en que la Conjetura había pasado a ser teorema. De forma romántica se puede concluir que uno puede deducir las propiedades de un objeto matemático a partir de pequeñas regiones de estos objetos, llamados alma. De forma aséptica se puede definir que toda variedad de dimensión 3, cerrada y simplemente conexa, sería homeomorfa a la esfera de dimensión 3.

Henri Poincaré fue feliz entorno a la redondez, parte de su vida giró alrededor de la misma, sus frustraciones se volcaron en la redondez, en tratar de demostrar que la hipótesis del párrafo antecedente era realmente un teorema. Fue en 2002 cuando un ruso un tanto peculiar, que no huraño, afirmó que había resuelto la conjetura de Poincaré, acogida en la familia de Los siete problemas del Milenio. En 2006 se le concedió la medalla Fields de Matemáticas, mal llamada por los adanidas boomers «premio Nobel de Matemáticas», como si Dios necesitase de ser encasillado en categorías mortales. No obstante, el logro no estuvo exento de cierto baile patético perpetrado por la Academia de Ciencias de China, la cual afirmó que las conclusiones de Grigori Perelman únicamente fueron únicamente preliminares y fueron ellos quienes  «establecieron las líneas generales para probar la conjetura, pues no dijo Perelman específicamente cómo resolver el enigma». El ruso se tomó su tiempo para responder a los chinos un escueto «la prueba de un teorema es definitiva», y los matemáticos que refrendaron el logro de Perelman emplearon 473 páginas en explicar las 39 que el matemático ruso publicó en internet, a tal punto llegó la complejidad de demostrar que Perelman había logrado lo que había logrado que el ruso añadió «Si la prueba es correcta, no necesita otro tipo de reconocimiento» despachando a su gusto a los comparsistas chinos que siempre bailan y fuman bajo cualquier agua.

Perelman puede ser visto y reconocido, tras su logro, como un villano necesario, pues huyó de cualquier reconocimiento, rechazó el dinero del premio concedido por el Instituto Clay por haber resuelto el problema apelando a que la monetización de su logro es un insulto a las Matemáticas. Probablemente, con toda seguridad, sabía y sabe aquello que Jung talló en el dintel de la puerta de entrada de su consulta: VOCATVS ATQUE NON VOCATVS ADERIT. Se le llame o no se le llame, Dios estará presente, o dicho de otro modo, el conocimiento de Dios comienza por el miedo a este. Perelman era y es plenamente consciente de que su logro se lo debe a la vocación que ha dado sentido a su vida, contempla las matemáticas como un fin, no como un medio para endiosarse y colgarse más medallas de la cuenta. En torno a la redondez está su felicidad. Perelman podría ganar buen sueldo enseñando en USA, donde fue profesor visitante y de dónde voluntariamente se marchó, pero vive en Rusia con su madre en un pequeño apartamento, sin conceder entrevistas y alguna vez es fotografiado en el metro de la ciudad donde vive. Tanto queriendo ser insignificante a ojos de los demás. De Argentina dicen muchas cosas, los reduccionistas tienden a pensar que es una nación síntesis salvaje de Italia y el país que les dio luz, pero es mucho más. Es un todo llevado y reducido a una simpleza donde mora el extremismo y el conocimiento de todo como si fuera lo que es: una afición. Maradona fue lo que fue porque tuvo la guía de otro que fue lo que fue porque quiso ser: Guillermo Vilas.

En el documental de Guillermo Vilas nos encontramos con un hombre sencillo desde su niñez, privilegiado por su entorno familiar, pero que tuvo que agarrar la vida y la raqueta con los dientes para poder llegar a donde llegó. En el US Open que encumbró a Vilas, durante esas semanas en New York, Guillermo desangró su vida entre su grabadora y un bloc de notas, quizás la más destacable la última página de aquellos días. Un Vilas taciturno, serio pero simpático, lucha por ser feliz alrededor de la complejidad de la redondez ignorando si es posible pararse a vivir en algún alma de la pelota de tennis. «¡Bravo, Guillermo, tu amigo siempre!», escribió Vilas en aquella última página. Un hombre destacable por cuanto se puede aprender de él: que disfrutaba la soledad, que era tremendamente feliz en la soledad porque tenía que enfrentarse a sus propios demonios condenándolos a vagar en algún punto de la redondez infinita de una pelota de Tennis. Cual Belmonte hablando con la propia muerte, ese «déjalo, Juan, ¿tanto para qué?´´. Tanto para ser lo que debió ser porque lo contrario era ser nada.

Maradona siempre fue un carácter incomprensible, entendida la incomprensión como incapacidad de reconocer el logro de alguien cuyas hazañas mas inmediatas eran un positivo por efedrina, fiestas y a la cocaína. Vivimos una suerte de dualidad siempre enfrentada entre la admiración por héroes caídos y malditos y la indiferencia consciente hacia Maradona. Diez, quince, los toques que fueran, para tocar el cielo, un solo golpe para caer contra el suelo, no para besarlo, cosa diferente que se encargó de hacer su entorno. Tiende siempre un genio a rodearse de un entorno que no le pida cuentas por su propia actitud, a construirse un relato contra el que no lidiar. De todo lo que leímos en los últimos días sobre Maradona, lo más destacable fue una opinión unánime: mejor compañero que futbolista. ¡Cómo es posible ser mejor compañero que futbolista habiendo perpetrado el mayor fresco de la creación contemplable sin descanso una y otra vez!. Uno siempre tendió a vascular entre el abrazar la muerte con una copa de James Hunt, el gusto por el sufrimiento de Steve Prefontaine y la osadía temeraria y espiritual de Ayrton Senna, viendo nada destacable o reseñable de Maradona, un villano perfecto y necesario que con tan poco, la redondez de una pelota llena de almas, dio sentido a tanta gente que tanto le perdonó. Tenderé a pensar que Vilas -en la noche-, en aquella habitación del Plaza con vistas a Central Park escribía una Biblia que conjeturaba el alma de un Universo que gira en torno a la felicidad inexplicable que da un hombre asomado a su propio abismo. «¡Bravo, Diego, tu amigo siempre!».

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Jaime Fernández-Mijares

Nacido en 1989 en Sevilla. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla y Máster en Tributación y Asesoría Fiscal por la Universidad Loyola Andalucía. Forma parte de 'Andaluces, Regeneraos',...

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