Hace justo un año, Internet era la llave de la libertad para los países oprimidos de Oriente Próximo. 365 días después, algo está cambiando en la red global de comunicación que tuvo en vilo a medio mundo durante varias semanas, y eso es algo cuanto menos curioso.

A simple vista, parece que los líderes políticos más conservadores intentan hacer de Internet un coto privado en el que no quede un sólo cabo suelto y el mero hecho de compartir algo sea visto como un delito. La censura llega a nuestros ordenadores bajo la piel de cordero de las «leyes antipiratería», frenando en seco la libertad de expresión, el desarrollo tecnológico y sobre todo la expansión cultural.

Pero claro, los gobiernos no están solos en esta injusta cruzada, se ven apoyados por industrias y sociedades en plena decadencia que no tienen ni puta idea de cómo amoldarse a los nuevos tiempos y en las que sobran muchos vividores del cuento e intermediarios parásitos que no consentirán que nadie les levante de la poltrona bajo ningún concepto, y que no dejan oxigenarse y renovarse a un mercado que necesita urgentemente un soplo de aire fresco.

Entiendo y me parece lógico que la cultura no pueda ser gratuita, de algo tendrán que comer quienes crean las obras, pero ellos también tienen que entender que todos y cada uno de nosotros tenemos derecho a acceder a la misma de manera libre. Y al llegar a este punto, siempre pongo el mismo ejemplo: si me descargo gratuitamente el disco de un grupo que desconozco y por una razón u otra ese disco me acaba gustando, no me importará gastarme 20 o 30 euros para asistir a uno de sus conciertos, ni a mí ni a nadie, porque estas cosas a día de hoy funcionan así. Hace 20 años nos orientábamos por un single que sonaba en la radio para comprarnos un disco. En pleno siglo XXI, tenemos la posibilidad de oír ese disco entero, y en el caso de que nos guste poder adquirirlo igualmente. En parte, y aunque no lo digan, eso es lo que le duele a estas industrias, que no compremos a ciegas como antes lo hacíamos y que tengamos la oportunidad de valorar el producto y actuar en consecuencia, que es lo que verdaderamente hace que no les salgan las cuentas.

De ahí que pretendan hacernos creer que compartir es un delito, idea descabellada que nos convertiría a todos en criminales en potencia, porque todos alguna vez hemos prestado un libro, un disco, un cassette o una cinta de video que ha ayudado a dar a conocer a artistas que de otro modo se hubieran visto relegados al ostracismo. Desde luego, si lo pensamos fríamente es para mear y no echar gota: estas sociedades demonizan la figura de quienes les hemos dado todo lo que tienen, y quienes en un futuro seguiremos teniendo en nuestras manos decidir si adquirimos sus productos o no, un pulso que de salida está un tanto desequilibrado.

Tal cuestión clama al cielo, ahora va a resultar que el hecho de compartir en internet no ha beneficiado jamás a ningún artista, ¿verdad? ¿Es eso lo que pretenden decir? Pues pregúntenles a Lady Gaga o Justin Bieber, a ver qué dicen al respecto. Los tiempos cambian y hay que saber adaptarse a ellos y no al revés, no se le pueden poner puertas al campo, y mucho menos a Internet.

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