Una imagen idílica o pintoresca de como es un crucero; un glamuroso hotel flotante recubierto de frivolidad donde todo puede suceder.

A la hora de formalizar el embarque, cuando te dan tu tarjetita llave del camarote y de casi todo a bordo, te hacen una foto. Esta se asocia a tus datos y siempre que pasan tu tarjeta por un dispositivo comprueban de este modo que tú eres tú. Pese a que la idea es buena nadie me lo había avisado y la cara que yo llevaba no era la mejor para afrontar una foto de este tipo.

Comentando esto al chico que nos hacía amablemente el check-in me dijo que él nunca había hecho una mala foto, que a diario fotografiaba a gente y que todos salían bien porque se iban de vacaciones; era imposible hacerle una mala foto a alguien feliz que comienza un viaje… No sé si esto era verdad pero desde luego si la foto me la hubieran  hecho cuando nos bajaron del barco la lluviosa tarde romana del miércoles mi cara si que habría sido desastrosa.

No hay daños físicos que lamentar, no ha habido un trágico accidente, por suerte; pero más de dos mil personas vieron interrumpidas unas vacaciones que en muchos casos costó un gran esfuerzo pagar, la información fue confusa y escasa, las causas de la avería no están claras y la promesa de devolución del dinero parece que se va a hacer esperar.

Pensando ahora un poco en todo, fue increíble como el capitán jamás dio la cara ni se dirigió a la tripulación, siempre puso al comandante de parapeto entre el pasaje y él. A su vez este hombre parece ser un mandado, alguien  a quien obligaron a que el barco partiera del puerto a cualquier precio, aunque luego al Sovereign le costara la misma vida avanzar por el Mediterráneo.  De las agencias que gestionaron los retornos desde Barcelona al lugar de origen para qué hablar; algunas, las menos, funcionaron estupendamente, la mayoría… Bueno, vamos a dejarlo que son ganas de hacerse mala sangre.

Y una de las peores caras de todo esto son los empleados del barco. La mayoría de origen sudamericano, gente trabajadora como no he conocido otra, personas con una sonrisa y un trato excelente casi en su totalidad que se embarca casi todo el año, si no todo, para ganar un sueldo que tal vez no sea bajo pero que debe compensar el aislamiento, la exclusividad o el alejamiento de la familia.  Ahora ellos tampoco van a cobrar lo que esperaban en estos días, igual que yo no he disfrutado de las vacaciones que planeé; es injusto para ambas partes.

Nos subimos a aquel barco cargadas de ilusión con unas camisetas que en su parte delantera rezaban: «El mundo necesita gente que ame lo que hace».  Y yo me acuerdo de nuestro camarero de las cenas, ese que nos atendía con la misma profesionalidad, dignidad y respeto como si estuviéramos en la Zarzuela, y pienso en todos aquellos que recogían los vasos y platos que íbamos desperdigando por el solárium, siempre amables, siempre displicentes, sin servilismos, con atención. Y sí, siempre el mundo necesita gente que ame lo que hace y ojalá volvamos a encontrar gente así en nuestro próximo crucero.

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Mercedes Serrato

Técnica Superior en Integración Social, Graduada en Trabajo Social, Especialista Universitaria en Mediación, Máster Oficial en Género e Igualdad. Actualmente Doctoranda en CC. Sociales; investigadora...

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