sara iglesias 030316

‘Salud, felicidad y confort en un solo lugar’. Este es el slogan que aparece en el rótulo de un negocio de masajes y productos herbales y que leí hace unos días cuando volvía del trabajo.

 “En la comodidad no hallarás dificultades ni problemas de ningún tipo. No te permitirá desarrollarte, crecer ni superarte personalmente, además de no encontrar lo que verdaderamente merece la pena”

-Anónimo-

Publicidad como ésta nos bombardea diariamente en todos los medios posibles, haciéndonos creer que la comodidad es sinónimo de felicidad. Poco a poco interiorizamos estos mensajes, de manera inconsciente, haciéndonos creer que la comodidad es necesaria en todo momento, además de esencial para que podamos sentirnos bien y dichosos. Actualmente, más que nunca, tenemos sobrevalorado ese bien llamado confort.

Pensamos, de manera irracional, que la comodidad es sinónimo de felicidad.

Sin embargo, no hay nada más lejos de la realidad.

Es más que probable que todos alguna vez nos hayamos quejado porque nos molesta algún ruido momentáneo o por algún olor desagradable. Es normal.

Pero también es más que probable que todos conozcamos a alguien que continuamente anda quejándose por una cosa y por otra. Posiblemente, al igual que a nosotros, también le puedan molestar ruidos inoportunos o los malos olores, pero también le irrita sobremanera el servicio deficiente de los bares, que haya un atasco en hora punta, que un niño llore en el autobús, que sus vecinos hagan ruido o que haga viento y entre una pequeña mota en sus ojos.

Estas personas han idolatrado la comodidad. Han hecho de ella un fetiche y lo que exigen, básicamente, es poder estar siempre cómodos.

Si damos demasiada importancia a la comodidad vamos a ser muy infelices. Esto es debido a que la comodidad no es perpetua, viene y va. Y un exceso de comodidad nos impide disfrutar activamente de la vida.

Por ejemplo, para todos los que nos gustan los postres, los utilizaremos como símil para explicar el error de idolatrar la comodidad.

Pensemos que la comodidad es como el postre que nos comemos después de una comida. Habrá algunos días en los que no comamos postre y no por ello nos deprimimos. Esto ocurre porque sabemos que hay otros alimentos que también saben muy bien y sientan muy bien. Pues la comodidad tampoco es necesaria ya que existen otras vías que también nos producen bienestar.

A veces tomar un postre contundente nos empacha. Lo mismo sucede con la comodidad.

Si nos ofrecieran estar el resto de nuestras vidas sentados en el sillón más confortable, con la temperatura siempre adecuada, sin ruidos, con todas las comodidades, sin movernos de ahí… es muy posible que nadie acepte, fundamentalmente, porque acabaríamos aburridos de tanta comodidad. Un poco de ella está bien, pero no demasiada.

Lo mismo ocurre cuando hacemos una acampada. Hacer largas caminatas o tener que dormir en una tienda de campaña no tiene nada de cómodo, pero es casi seguro que las personas que disfrutan con esta actividad disfrutan también cuando después de varios días vuelven a casa y pueden darse una buena ducha y dormir en sus camas confortables.

Por último, para terminar este análisis sobre la admiración a la comodidad, me gustaría añadir una prueba final de que la comodidad no es tan importante y, por supuesto, no da la felicidad.

Esta prueba es el aire acondicionado.

Gracias a que existe no tenemos que trabajar en verano en sitios demasiado cálidos, cuando el sol asfixia y cansa. Tampoco tenemos que pasar una mala noche sin poder conciliar el sueño a causa de la calor nocturna. Incluso podemos ver una película con jersey en verano. Y todo ello es por el aire acondicionado. Pues bien, la reflexión sería, desde que existe el aire acondicionado, ¿ha aumentado el índice de bienestar emocional en las personas? Evidentemente, la respuesta es no. Y, ¿cómo es posible que con una aumento tan espectacular de la comodidad que ofrece la climatización, no se aumente al mismo tiempo los niveles de felicidad?

La respuesta ya la hemos visto a lo largo del texto. Porque la comodidad no es la responsable de nuestra felicidad.

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Sara Iglesias

Nacida en Aracena, Huelva, siempre ha estado muy vinculada a la ciudad de Sevilla y su idiosincrasia particular. Se instala en ella hace nueve años para formarse como educadora en lenguas extranjeras....