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La vuelta de tuerca

Diciembre se escribe con ‘D’ de ‘derroche’

La Navidad desembarcó en Sevilla oficialmente el pasado 30 de noviembre, fecha en la que se estrenó la iluminación navideña. Desde entonces, tirarse a las calles en busca de objetos cuyo color predominante sea el rojo o que contengan purpurina está más que justificado, a la par que se convierte casi en una obligación el acudir a las administraciones de lotería para encontrar el número de la suerte que nos haga soñar si no con el Gordo, al menos con la retirada del casposo anuncio que nos ha brindado este año Loterías y Apuestas del Estado.

Esta Navidad es para mí toda una experiencia, pues me estreno como ama de casa navideña. Y tan solo seis días después de primeros de mes debo decir que se atisba una durísima cuesta de enero. ¡Cuán larga es la lista de imprescindibles para nuestras casas! Desde mantecados a carnes, pasando cómo no por el marisco o los ibéricos, y eso dependiendo de los bolsillos, que no están para mucho gasto.

A pesar de no querer caer en convencionalismos, es inevitable hacerlo. Aunque intentes celebrar una Navidad a tu manera, lejos de festines y derroches, no puedes escaparte de contar en tu avituallamiento para estas fechas con aquellos elementos que no faltarían en casa de tu madre. En momentos como estos te das cuentas de que, lejos de pensar que no te pareces en nada a tu progenitora, eres prácticamente idéntica a ella.

Pero, ¡qué sería de una Navidad sin las comidas de empresa y de amigos! Esa es otra. Sucesión sin cesar de comidas que acaban en cenas, o cenas que acaban en desayunos, o incluso desayunos que acaban en desayunos. Todo al final se centra en aligerar los bolsillos para engrosar nuestros estómagos hasta el punto de querer que llegue enero para pasarnos de una vez a la fría y sosa ensalada.

Y el centro, que está inevitable de gente, este año no pienso evitarlo y así visitar belenes y pasear por la Avenida hasta la Plaza de San Francisco para esperar a ver el mapping del Ayuntamiento. No descarto tampoco pasarme por Blanco Cerrillo y entregarme a la tentación de su adobo mientras intento hacerme paso por las calles Tetuán y Velázquez entre paseantes y compradores.

A pesar de todo, y aunque tire la calculadora por la ventana para no cogerme una depresión con esto de los números, que ciertamente nunca han sido lo mío, no tengo mucho que escarbar para encontrarme con el verdadero espíritu navideño, aquel que promueve las reuniones familiares y el pasar tiempo con tus seres queridos. ¡Qué si no es lo importante de estas fiestas! Independientemente de que seamos o no creyentes, aunque sea algo inherente a ellas, lo que importa de verdad es festejar junto a los nuestros.

Porque disfrutar de nuestra gente es algo que no cuesta dinero y a la vez es lo que más vale del mundo.

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María José Santos

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