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La era

La escuela

Un día escuchaste en la radio una definición de Escuela que te llamó la atención: La escuela es el lugar donde los padres depositan a sus hijos cuando no pueden cuidarlos.

En el libro “Mal de escuela” , Chagrin d´école, Daniel Pnac cuenta su experiencia negativa en esta institución  que a él le supuso una pérdida de tiempo pues no aprendió nada y se  sintió excluido.

Sin embargo a ti te gustaba ir a la escuela, en Pruna. Tú te levantabas temprano. No querías llegar tarde. Te lavabas las cara y tu madre te cogía dos trenzas. Te sentabas en el primer cuerpo de casa delante del despertador hasta que la aguja grande daba en el tres. Entonces te levantabas y cogías tu lápiz y tu libreta y te ibas sola. Hasta que no tuviste siete años no te metieron en la escuela, porque antes dabas lección con un maestro-nacional- de Tebas que venía en un burro a La Fuente del Duque.

Eras la primera para hacer  la fila en el patio delante de la bandera. Después de cantar “el cara al sol”, te ibas con tus compañeras a la clase.

Alguna vez ocurría-muchas, según tú -que la maestra estimaba que no estabais calladas o no guardabais el debido orden en la fila y os hacía poneros de rodilla sobre los chinos todo el rato que duraba la canción.

Un día cayó un buitre dentro del patio de la escuela. Tenía el pescuezo pelao y os pusisteis a tirarle piedras porque no podía levantar el vuelo. Había comido mucho y tenía el buche lleno. Otro día, recuerdas, te dieron leche en polvo y otro día te pusieron la vacuna.

Cuando hacía frío, te llevabas las ascuas en una lata y la ponías al lado del pupitre y así te calentabas.

Tu maestra asturiana os enseñó a bailar la jota y a esquivar la llave que os tiraba cuando durante la lección no estabais atentas. Menos  mal que al año siguiente os cambiaron de maestra. Ésta venía en una vespa  de Olvera, el pueblo de al lado, y se llamaba Emilia.

La clase era solo de niñas. En el mismo año la maestra os cambiaba de curso según fuerais aprendiendo.

En un diario se anotaba en limpio todo lo que la maestra había explicado ese día.  Cuando a ti te tocó  escribir en el diario pusiste mucho cuidado de no mancharlo para que la maestra no te castigara sin recreo.

Por la tarde os quedabais una hora más para dar “permanencia” porque decía la maestra que ibais atrasadas en las cuentas. Tú sabías ya que era la manera de que la maestra completara su sueldo.

Una o dos veces en el año os llevaban de excursión. Tú subías a la furgoneta y te sentabas en el suelo para que no te vieran los municipales al pasar por la carretera.

Te acuerdas de una vez que vinieron unas monjas y os llevaron a una era, a las afueras del pueblo par enseñaros unos juegos.

También asistías a clases de “Economía doméstica”  que ofrecía “la sección femenina”, una vez por semana, en el local  que hoy es sede del sindicato de Comisiones Obreras, al lado del antiguo ayuntamiento.

Ahora sonríes cuando te acuerdas que rezabas antes de empezar la lección.

Cuando venía el inspector te ponías muy nerviosa porque, aunque la maestra os había repasado las preguntas, temías equivocarte. A ti te tocó contestar qué era un mollete…

Más tarde hiciste un examen para sacarte el certificado de estudios primarios.

El recreo no era lo que más te gustaba, pero esperabas ansiosa a que llegara para comerte el bocadillo de chorizo que tu madre te ponía en el bolsillo del babi blanco y que te sabía a “gloria”.

En la escuela de nuestros nietos, las carencias debidas a los recortes se acentúan ahora con la pandemia.

¿A dónde fueron a parar los ordenadores de principios de siglo, aquellos que La Junta de Andalucía “regaló” a los alumnos a partir de quinto curso, aquellas TICs 2000 y a la que tuvimos que adaptarnos los maestros haciendo cursos en los CEPs después de las clases?

Con aquellos programas que duraron menos de una década, el gobierno de entonces proclamó que ya éramos modernos, ya todos los colegios eran TICs y los alumnos pensaron que con aquella mochila que contenía un ordenador portátil, eso del estudio era pan comido. Y al llegar a clase exigían coger el ordenador para todo. Si un maestro usaba poco el ordenador, enseguida era criticado por los padres: su hijos se iban a quedar atrás, decían, relegando la memoria y el aprendizaje al uso de la tecnología. Recordemos que los alumnos aprovechaban para hacer fotos o jugar en línea y había que estar continuamente tutorizando su uso. Si los llevaban a casa, lo usaba toda la familia.

En fin, aquellas increibles “Pizarras digitales” nos abrieron una ventana a un mundo “maravilloso” y fácil para la enseñanza que duró muy poco y, de la noche a la maña, de golpe y porrazo desaparecieron de las aulas. Argumentaron no ser rentables, y la falta presupuesto. Las últimas pizarras las compraron las propias Asociaciones de Padres, igual que antes compraron los ventiladores o pusieron dinero para organizar una excursión o una velada.

¡Nuestro gozo en un pozo!

Nuestros niños han vuelto a ver los ordenadores, ahora desde casa, pero a costa del presupuesto familiar. En algunas  sólo había un móvil por unidad familiar y debían usarlo alumnos de primaria, de secundarias y los mayores para teletrabajar. Los padres se cogían una oreja y no se alcanzaban la otra. Los maestros han hecho jornadas interminables, sin horario ninguno. Extenuados piden volver a las aulas, pero de una manera segura, con pocos alumnos, y con más maestros.

Estos meses de confinamiento y de desescalada nos han enseñado mucho, si. Nos han hecho comprender que todo esto de la educación, la Escuela, es más serio de lo que parece.

Ante tanta incertidumbre, los padres,  temiendo  “al bicho” , dicen que no llevarán a sus hijos a la Escuela. Los maestros proponen bajar la ratio.

Las autoridades solo piensan en hacer muchos PCRs…¿Cuál será la solución?

Todos coincidimos en que los niños tienen que recibir clases de manera presencial. La escuela es el lugar de socialización y aprendizaje.

¿Dejamos los niños en casa o los llevamos a la Escuela?

Todos a la escuela, pero de una forma más segura, con distancia de seguridad-lo que implica menos niños por clase- y usando mascarillas, lavándose las manos y evitando el contacto físico.

Así será posible aprender a vivir con el Coronavirus.

Sobre el autor

Lucre Romero

Lucre Romero

Maestra, especialista de francés. Titulada por la Escuela Oficial de Idiomas, colabora en La Voz de Alcalá desde el año 2003 y en el periódico local 'La higuerita' de Isla Cristina desde el año 2010. Desde 2014 coordina El Club de Lectura en Francés en la Biblioteca José Manuel Lara.

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