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Crítica. La Trampa del Mal es la última película escrita, pero no dirigida, por el realizador indio M. Night Shyamalan. Mucha promoción para un producto flojo y sin apenas ingredientes que atraigan a verla a las salas españolas.

Cuenta la leyenda que en un día de agosto de hace un par de años un director indio de cuyo nombre era loable acordarse decidió darse a sí mismo un descanso tras haber realizado una serie de películas sorprendentes, fantásticas, sombrías, intrigantes y suspensivas que jamás pasaron por una pantalla de cine.

Sigue la leyenda dándonos datos acerca de una historia que decía que ese director, que respondía al nombre de M. Night Shyamalan, escribía historias y se las daba a sus jóvenes pupilos para que las llevaran al cine siempre bajo su tutela y su nombre justo debajo de «produced by«.

Hace justo un año asistíamos al estreno de una monstruosidad que daba por tierra toda la reputación ganada por el director en cintas como El Sexto Sentido, Señales, El Protegido, El Bosque, El Incidente o La Joven del Agua. Hablo de Airbender, una película encargada al director por y para sus hijos. Si por algo se ha caracterizado Shyamalan a lo largo de los 15 años que lleva en su ascendente carrera como realizador ha sido el boca a boca que han generado todas y cada una de sus cintas. Buenas o malas, siempre hemos hablado con amigos, familia o conocidos acerca de lo bien o lo mal que lo pasamos viendo metrajes tan increíbles como los anteriormente mencionados.

Bajo la tutela de Shyamalan llega John Erick Dowle, un director conocido por su trabajo en Quarantine (junto a Jennifer Carpenter) que ha intentado aprender las técnicas revolucionarias del realizador indio y que ha sido el encargado de dar forma a su historia La Trampa del Mal. Pero falla algo. Y ese es precisamente el problema de la película.

Las historias de Shyamalan, todas dirigidas y escritas por él, poseen un cierto aire de incredulidad. Nadie se cree prácticamente ninguna de las tramas narradas por el director. Sin embargo, lo hace de una manera tan inquietante que parece que cuando cruzamos la puerta de nuestra casa vamos a encontrarnos con un alien, con un viento asesino, una colonia de personas aisladas de la sociedad, un inmortal amante de los cómics o con un niño que ‘en ocasiones ve muertos´.

Cuando Shyamalan abandona la dirección, sea cual sea la historia que se nos cuenta, la película carece de cualquier punto de inflexión por el cual merezca la pena visionarla. Y eso es lo que le ha ocurrido a La Trampa del Mal. Una historia absurda en la que cinco personas se quedan atrapadas en un ascensor y una de ellas es el mismísimo Diablo, Satanás, el Ángel Caído o Lucifer. Cuando la historia comienza a ponerse interesante, nos entra la sensación de que lo que estamos viendo es algo completamente estúpido y que incluso se nos llega a tomar por imbéciles.

Las interpretaciones son muy limitadas, bien es cierto que ninguno de los actores (a excepción de Chris Messina) son conocidos y por tanto no podemos juzgar debidamente sus demás trabajos, al alcance del gran público. Incluso algunos personajes nos pueden llegar a caer mal deseando su muerte como el acontecimiento más esperado de la película. Por contra, la banda sonora consigue crear un clima de suspense digno de los mejores metrajes de Shyamalan, muy bien llevada por Fernando Velázquez.

Es inevitable sacar algún antecedente asimilándola a la magna obra de Agatha Christie Diez Negritos, donde una decena de personas quedaban encerradas en una casa tras tener lugar un asesinato en el que todos los invitados son, al menos, sospechosos. Sin embargo, como se suele decir, las comparaciones son odiosas.

El guión es flojo, no está a la altura de los trabajos del director indio y eso se nota. Se nota en que la película adolece por sus cuatro costados. No hay despliegue de efectos especiales que suplan la ausencia de historia. Por tanto, la película es absolutamente una completa y total pérdida de tiempo. Y más cuando llega su previsible final, solucionado de una manera excesivamente rápida y efusiva, sin dejar un periodo de reflexión en el espectador.

Afortunadamente, en la cartelera actualmente existen otras alternativas para intentar evitar ver esta cinta que lleva el sello de Shyamalan pero que se acaba convirtiendo en una demostración de que una persona con «arte» en esto del cine puede también equivocarse.

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Equipo de redacción de Sevilla Actualidad

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