Para algunos, el castillo de Marchenilla es el «segundo» castillo de Alcalá. Para otros, ni siquiera eso. Acaso por su ubicación, a cinco kilómetros de la localidad –en el camino hacia Morón–, o bien por simple desconocimiento, esta fortaleza medieval con aires de cortijo sigue siendo uno de esos monumentos que los alcalareños olvidan al enumerar la arquitectura histórica.

En la particular lista de los «reyes godos» del patrimonio local se mencionan los molinos, las iglesias y, cómo no, el «castillo del Águila». Pero casi nunca aparece el «apellido» de Marchenilla.

Sin embargo, esa omisión no ha sido sinónimo de «muerte». Como los gatos o las culebras que merodean alrededor de sus murallas, el «castillo del Porras» –nombre que se le ha dado popularmente, por pertenecer a la familia Porras– ha desarrollado un sentido extraordinario de supervivencia, que le ha servido para resistir los numerosos embates de la historia, entre los que se incluyen las incursiones de los benimerines procedentes de Ronda a finales del siglo XIII –para lo que fue construida la torre vigía– o la reciente dejadez de las administraciones públicas.

«Actitud constructiva»

José Francisco, marido de la actual propietaria del castillo, Reyes Porras Castro, parece tener claro ese sino de la fortaleza. Desde 2003, este matrimonio acude a Marchenilla cada fin de semana para «pasar la ITV del castillo». También para abrir las puertas del recinto a todo el que desee visitarlo. Lo hacen todos los sábados –salvo en agosto–, de forma gratuita, como tiene establecida la Ley de Patrimonio Histórico.

Aquí, comenta José Francisco, «he aprendido a hacer de ingeniero, agricultor y conservador». Aunque, para este profesor de informática, lo más complicado ha sido «lidiar» con las distintas consejerías, y no solo con la de Cultura, que tiene catalogado el edificio como Bien de Interés Cultural.

«Nuestra actitud es constructiva», afirma José Francisco, haciendo referencia a otros propietarios de edificios históricos que se niegan a abrirlos por tener en ellos sus viviendas. «Nosotros podríamos hacer lo mismo. Sin embargo, recibimos unas trescientas visitas al año».

En el caso del castillo de Marchenilla, son dos las casas existentes: la de los dueños, en el interior; y la de los caseros o mantenedores, anexa a la muralla, que es la que le da ese rasgo peculiar de hacienda rodeada por unas cinco hectáreas y media de terrenos donde se cultivan trigo, girasol o garbanzos.

«Más allá de bóvedas»

Nada más traspasar la primera puerta, esa impronta de finca agrícola adosada a una fortaleza medieval se refuerza en el castillo de Marchenilla. No solo por la presencia de Pepe Fernández y su hijo Jonathan, que trabajan en el huerto recolectando pepinos, sino también por el propio carácter de los propietarios –los actuales y los anteriores–, que se han preocupado por conferir la misma relevancia tanto a la parte monumental como al entorno natural, «los dos pivotes del castillo».

«Más allá de la castramanería, los elementos góticos, las bóvedas vaídas, las pinturas murales de época de San Isidoro del Campo, las yeserías o el hecho de que aquí se firmara las paz entre los Ponce de León y los Guzmán, lo interesante de este castillo es la vega que rodea al recinto», comenta José Francisco .

Mientras otea el horizonte desde la parte alta de la Torre del Homenaje, a unos 15 metros de altura, el profesor hace inventario de la riqueza secular de aquellos pagos que se extendían hasta el cercano marquesado de Gandul y su palacio, donde todavía habita la familia Pacheco, entroncada con los Porras de Marchenilla.

Las pronunciadas lomas de albero y los abundantes acuíferos, que fueron los grandes sustentos de Marchenilla, ahora están mermados por una desaforada explotación. Desde la torre apenas se distingue la cantera y unos cuantos árboles frondosos, cuyas raíces aún beben de las aguas subterráneas. Pero poco más.

En cambio, José Francisco sí habla con entusiasmo de la fauna que pervive, a pesar del deterioro del ecosistema: la colonia de cernícalos primilla –unas quince parejas protegidas–, que anidan en la cara norte del castillo; las mantis religiosas que se ven entre los rosales; los meloncillos que cruzan hacia el río; las culebras y los gatos con siete vidas que acechan el palomar…

«El problema de fondo»

Ya en el interior de esa vetusta Torre del Homenaje –concedida en 1369 al mercenario Arnao de Solier por su ayuda a Enrique II en su guerra contra Pedro I «El Cruel»–, sorprende la cantidad de aperos de labranza que se conservan en la cámara baja, y que son el resultado de décadas de trabajo en los campos contiguos.

José Francisco muestra una incubadora de pollos, hecha a mano, con madera y cristal, que se usaba hasta no hace mucho, e ironiza con la revolución industrial que nunca llegó a Andalucía. «El feudalismo estructural no ha muerto», sentencia.

A la salida de la torre, un pozo y un reguero de macetas dan frescura al patio que se ubica en la parte frontal de la vivienda de los Porras. Las plantas marcan además el camino hacia el patio posterior, donde predomina una visión más deteriorada del conjunto, con la muralla, el adarve y los matacanes derruidos parcialmente y repletos de hierbas.

«El problema de fondo –argumenta José Francisco– no es reconstruir esto, sino mantenerlo. Que se caiga una parte de la muralla puede tener un coste determinado que, posiblemente, se pueda solventar. Sin embargo, la conservación tiene un precio infinito. Por eso, la cuestión principal aquí con las administraciones es si se debe aplicar la medicina preventiva o la curativa».

De regreso a la entrada principal y como colofón a la visita, el profesor de informática se afana en descubrir la iglesia dedicada, como no podía ser de otra forma, dado el lugar, a San Isidro Labrador, el patrón de los agricultores.

En la sacristía, entre estampas de la Virgen del Águila, un librito recuerda la vida y milagros de la santa Rafael Porras Ayllón (Pedro Abad, Córdoba, 1850-Roma, 1925), antepasado de la familia, que fundó la congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón.

Dentro de la capilla, presidida por un valioso cuadro de la Virgen de Guadalupe –«traído directamente desde México», matiza José Francisco–, todos los elementos, desde el altar hasta el pequeño coro, parecen suspendidos en el tiempo, dispuestos para oficiar misa.

No obstante, desde 2002 no se ha celebrado ninguna eucaristía. El sacerdote que solía acudir era José Luis Portillo, párroco de San Agustín. Pero esta, como otras tradiciones en Marchenilla, no ha tenido continuidad.

«Quién sabe si en el futuro se verá una boda aquí», ironiza el profesor, a sabiendas de la resiliencia que caracteriza al castillo. «No es cierto lo que nos enseñaron en el colegio: los seres humanos tenemos más de cinco sentidos», concluye José Francisco.

De la fortaleza no dice nada, pero acaso esta también tenga un sentido de supervivencia. Como los gatos o las culebras que merodean por la muralla.

Una vaqueriza, escenario de La peste

Dentro de las alternativas que encierra el castillo de Marchenilla, se encuentra también el uso comercial como escenario para el cine. Especialmente, el de género histórico. En 2017, sin ir más lejos, una parte de la fortaleza se utilizó como set de rodaje para la serie La peste, ambientada en la Sevilla de principios del siglo XV.

El equipo técnico de esta producción, dirigido por el sevillano Alberto Rodríguez, contempló las posibilidades del castillo, y no dudó en localizar varias de sus escenas en el interior. El responsable de esta decisión fue el director de arte de la serie, Pepe Domínguez del Olmo, galardonado con un Premio Goya por La Isla Mínima. «Pepe Domínguez –cuenta José Francisco– buscaba un lugar para recrear la cámara de los secretos’ de la Inquisición. Como no podía hacerlo en el castillo de San Jorge de Sevilla, vino aquí y descubrió la vaqueriza, que le atrajo por su profundidad».

En pleno verano, ese antiguo establo con arcos cruzados, rezuma humedad y luminosidad. En cambio, durante el rodaje de la serie, que se extendió allí durante dos días –más doce de preparación–, solo se percibía la sombra de unos actores a la luz de las velas.

José Romero

Periodista y guionista. Doctor en Periodismo y Máster en Guión y Narrativa Audiovisual. Interesado en la cultura en (casi) todas sus manifestaciones: literatura, música, cine, artes plásticas...

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