(Continuación) Unas polémicas darwinistas, significativas y trascendentales ya de por sí, a las que habían precedido diferentes manifestaciones en contra del poligenismo por parte de algunos autores católicos entre los que se contaba el cardenal Nicholas Wiseman. Una doctrina antropológica, el tal poligenismo, predicadora de que la especie humana tiene múltiples orígenes, y que en sociedades como la estadounidense resultaba para los católicos más preocupante que la propia idea de evolución darwinista. Una especie de “¡Más madera, que es la guerra!” -¿Groucho, dixit?- que condujo a un momento álgido del roce ciencia-creencia durante el verano de 1863 en la ciudad belga de Malinas, donde se celebró un congreso sobre la relación entre fe y cultura.

Congreso Católico Internacional, 1863

Uno al que acude nuestro cardenal quien, si bien muestra cierto interés por la ciencia, no duda en resolver los inquietantes conflictos cognitivos que le originan los datos de la nueva biología evolutiva a su creencia religiosa, considerando que aquellos molestos esqueletos desenterrados, y que para más inri no dejaban de aparecer por todos lados, no probaban nada definitivo pues eran provisionales y estaban sujetos por tanto a continua revisión y error. Por el contrario, su fe católica era inmutable, segura, cierta y le decía que aquellos huesos tenían que pertenecer, sin duda alguna, a horribles monos y no a nuestros progenitores ya que, evidentemente, nuestra genealogía se remontaba al mismísimo Adán. Era revelación divina y no había más que hablar, o eso pensaba nuestro hombre, pero a veces ocurre que la realidad se muestra tozuda muy, muy, tozuda, tanto que poco más de un año después, el 13 de diciembre de 1864, Wiseman se reunía con los obispos ingleses para prohibir la asistencia de los católicos a las universidades de Oxford y de Cambridge.

El motivo, obvio, la ciencia moderna estaba influyendo demasiado en la teología, convirtiéndose en un serio peligro para la fe de los jóvenes, y eso era algo que por desgracia él ya había padecido en sus propias carnes cuando estudió los textos siríacos o al leer años después el darwiniano libro sobre el evolucionismo. No, no se podía repetir, había que librar a la juventud católica de aquellas dudas contra la fe que tanto le habían hecho sufrir a él, un firme propósito por el que poco pudo hacer pues, solo un trimestre después de dicha prohibición moría a las ocho de la mañana del 15 de febrero de 1865. Es el fin de un hombre, Wiseman, al que ya habían precedido otros y seguirían estotros muchos, pero no el de la historia del evolucionismo / creacionismo que, en sus diferentes frentes, no había hecho más que empezar.

Hilvanes más o menos evolucionistas: Byron y Blanco White

Una historia a la que daremos continuidad no sin antes poner negro sobre blanco algunos flecos que hemos dejado sueltos en esta decimonónica costura evolucionista a través de las calles de Sevilla, y que coseremos, algunos, solo mediante un hilván -puntada temporal, larga, suelta y fácil de deshacer- por solo haber una mera y más que improbable proximidad física entre personajes. Como es el caso entre el futuro cardenal Wiseman, entonces solo un niño de unos siete años, y un joven poeta romántico británico de 21 años, George Gordon Byron (1788-1824), conocido como lord Byron. Quien resulta que pasó tres días del verano de 1809 en Sevilla, alojándose en una casa de huéspedes que había en el número 19 de la entonces calle Cruces, hoy 21 de la calle Fabiola; es decir siete portales más arriba en la misma acera donde nació nuestro antidarwinista. Improbable le decía porque, por circunstancias que no hacen al caso, entre 1808 y 1809 el pequeño Nicholas se trasladó con su madre y sus hermanos a Waterford (Irlanda), no volviendo a Sevilla hasta el invierno de 1844-45. Así que lo dicho, apenas un hilván, aunque la permanencia del poeta tiene una “golosa” historia intramuros que dejo para mejor momento.

Por otro lado, delego a su consideración las posibles coincidencias interpretativas de las ideas de Darwin y Byron sobre el mundo natural desde un punto de vista evolutivo, pues no olvidemos que ambos leyeron a autores como el filósofo, teólogo y apologista británico William Paley (1743-1805) ya sabe, el de la analogía del relojero, argumento teleológico del Diseño Inteligente moderno. El segundo hilván -más próximo en lo personal y espacial que el anterior, pero mucho más fácil de deshacer en principio- pertenece al sacerdote católico y escritor sevillano José María Blanco Crespo (1775-1841), más conocido como José María Blanco White quien, recién ordenado sacerdote, fue confesor de las hermanas mayores de Wiseman durante un tiempo; un personaje que en nuestro callejero cuenta con un parque y una calle a su nombre, si bien no es menos cierto que es escasa o nula la vinculación del mismo con lo mollar que nos trae por lo que lo dejamos aquí.

Así que lo suyo será seguir con la presencia de la evolución darwiniana en el sevillano callejero, de la que le recuerdo ya trajimos a estos lares un par de sus valedores, uno en Biblioteca General Rector Antonio Machado y Núñez y otro en Colegio San Agustín.