Este Centro de Educación Infantil y Primaria se encuentra en el número 115 de la trianera calle Pagés del Corro (41010), otrora Cava de los Gitanos, y fue mandado construir por el entonces alcalde de Sevilla Cayetano Luca de Tena sobre la explanada de la Plaza de la Victoria, siendo su arquitecto el sevillano Aníbal González (1876-1929) que, dicho sea de paso, cuenta con algunos reconocimientos en la ciudad. El colegio era el regalo de bodas que la ciudad de Sevilla le hizo a su S.M el Rey Alfonso XIII y la Reina Victoria Eugenia, siendo inaugurado por ellos el día 24 de marzo de 1909 como Colegio Reina Victoria, si bien su apertura oficial no tuvo lugar hasta un año después, el 4 de mayo de 1910, y durante la II República (1934) fuera rebautizado con el nombre que aún conserva. En sus fachadas destacan grandes ventanales, paños de azulejería trianera y unos rótulos que hacen referencia a pedagogos y filósofos como Descartes, Montesinos, Aristóteles, Froebel, Fenelón, Pestalozzi, Spencer o Platón, lo que estará conmigo es una maravilla didascálica y un vínculo que no se puede dejar pasar como si nada. Así que, tras haberle traído al clásico polígrafo estagirita, paso al pedagogo zuriqués Johann Heinrich Pestalozzi (1746-1827).
Infancia y adolescencia. Primeros años y formación
Huérfano de padre desde temprana edad, su padre era médico y falleció cuando él tenía seis años, su abuelo materno que era pastor religioso ejerció una gran influencia sobre él y habitualmente le acompañaba en sus visitas a los feligreses. En ellas el joven tomó conciencia de la pobreza en la que vivía buena parte de la sociedad y sus terribles efectos sobre los niños que estaban abandonados, tanto por los poderes políticos como por los eclesiásticos, y era habitual que comenzasen a trabajar a edades muy tempranas. Con 15 años ingresó en el Gymnasium, o Collegium Humanitatis, donde recibió una completa educación que incluía conocimientos políticos, históricos e idiomas como el hebreo y el griego; y aunque al principio estudió teología, todo apuntaba a que iba a convertirse también en clérigo como su abuelo, sus propias experiencias, así como la lectura del filósofo ginebrino Jean-Jacques Rousseau le encaminaron por los derroteros del derecho y la política para terminar, tras algunos avatares relacionados con la masonería, la escritura y el periodismo, en los de la agricultura y la pedagogía.
Juventud y activismo disperso y diverso
Tras casarse en 1769 y convencido de que la solución a la pobreza y las muchas contradicciones sociales se debía buscar en una buena educación, en 1775, se estableció en Neuhof, donde creó una granja-escuela para niños pobres, que estaba inspirada en el modelo del Emilio (1762), el célebre tratado educativo rousseauniano. Por desgracia no llegó a buen fin, como le pasó con el orfanato de Stans del que se hizo cargo en 1798 y donde intentó poner en práctica sus incipientes ideas sobre la educación elemental. Con posterioridad dirigió con gran éxito docente otras instituciones educativas que fundó en diferentes ciudades de Alemania y regiones de Suiza de habla francesa, que fueron centros de atracción para estudiantes de toda Europa, gracias a sus métodos basados en el aprendizaje a través de la experiencia, la observación y la actividad, unos factores que enfatizaban el desarrollo integral del niño.
Por este tiempo publica Mi investigación sobre el curso de la naturaleza en el desarrollo del género humano (1797), su obra de mayor repercusión, Las horas nocturnas de un ermitaño y La velada de un solitario ambas de 1780, a la vez que reemprende sus prácticas pedagógicas en un castillo cedido por el gobierno, en Berna, experiencia que reflejó en su obra Cómo Gertrud enseña a sus hijos (1801). En ellas explica sus principios modernos revolucionarios de la educación, del que destaca su lema “El aprendizaje por la cabeza, el corazón y la mano”. Pero su acercamiento de forma más exclusivo a la enseñanza no se produce hasta 1797, cuando decide dejar de lado su infructuoso activismo agrícola, político y literario para centrarse en su labor educadora. Un comienzo algo tardío, contaba ya con medio siglo de edad, pero sabido es que ‘nunca es tarde si, …
Madurez educadora
Tras años intercambiando numerosa correspondencia con el gobierno, en la que expresaba su opinión sobre los métodos de enseñanza empleados y proponía nuevas estrategias pedagógicas, y ante su callada por respuesta, en 1800 recibe la propuesta de un joven maestro, Hermann Krüsi, para colaborar en la educación de un grupo de niños. Es el punto de inflexión en su carrera como pedagogo y cuando su nombre empieza a ser conocido y reconocido pues, en tan solo ocho meses, logró que niños de seis años aprendieran a leer, escribir, dibujar e incluso entender aritmética. (Continuará)
