Situada en el barrio Feria del distrito Casco Antiguo de la ciudad, esta corta, estrecha y peatonal vía (41003) con sus 33 m de longitud discurre entre las calles Castellar y Menjibar, y de su espacio tenemos constancia planimétrica al menos desde el siglo XVIII (plano de Olavide, 1777), aunque sin nombre por estar asimilado al de Menjibar. En la primera mitad del XIX carecía de salida y no era más que una barreduela de ésta si bien en 1868 se acordó segregarlo de la plaza y rotularlo con el nombre de Hidalgo, en homenaje al famoso médico cirujano del siglo XVI Bartolomé Hidalgo de Agüero (1530-1597). Para entonces comunicaba ya con Castellar, probablemente como consecuencia de algún derribo que determinó la asignación del nuevo nombre, según el plano de Alvarez-Benavides (1868). Con posterioridad, en 1935, y sin duda por confusión, se le llamó Hidalgo y Rebollo, topónimo posteriormente rectificado en favor del actual. Y hasta aquí. Bien está la historia, pero, ¿quién era y cuáles fueron los méritos del tal don Bartolomé, como para merecer una calle en Sevilla?
¡Me encomiendo a Dios y al doctor Hidalgo de Agüero!
Antes le pongo en antecedentes, estamos en la Sevilla del siglo XVI, capital del orbe conocido, puerto y puerta universal del Nuevo Mundo de donde salían y a donde llegaban galeones cargados de riquezas. Ciudad rica y opulenta, la mayoría de sus edificios más importantes y monumentales se construyen en este siglo, de ella se podía decir con razón “Quien no ha visto Sevilla no ha visto maravilla” pues esa era la cara de la ciudad, lo mejor de ella. Pero como todo en esta vida la ciudad también tenía su cruz pues, donde hay tantas riquezas y opulencia se suelen concentrar pícaros y gentes de mal vivir, gente del hampa que dirime sus disputas con navajas, cuchillos o espadas, resultando muchos de ellos heridos de armas blancas. Y algunos de ellos de forma casi mortal pero que se pudieron salvar de la muerte gracias a un nuevo método de curación practicado por un doctor, sí el que se imagina, nuestro doctor Hidalgo de Agüero de hoy, lo que como supondrá le granjeó una enorme fama entre sus coetáneos. Para que se haga una idea de su prestigio y solo a título de curiosidad le adelanto que los contendientes solían decir antes de las peleas, la cita del subtítulo de más arriba ‘¡Me encomiendo a Dios y al doctor Hidalgo de Agüero!’. Bueno pues ya sabemos por qué era un avalado médico y cirujano, muy popular entre los duelistas sevillanos del Siglo de Oro, donde la espada ropera se desenvainaba con algo más que relativa frecuencia.
Bartolomé Hidalgo de Agüero (1530-1597)
De nuestro sevillano -que nació, estudió, vivió, ejerció profesionalmente, murió y está enterrado en la ciudad- sabemos que toda su vida profesional giró en torno al hospital de San Hermenegildo, más conocido popularmente como el hospital del Cardenal. Y que perteneció a la segunda generación de cirujanos españoles del período renacentista, formados en el galenismo humanista, buenos clínicos, innovadores en su acción quirúrgica, que conocieron de primera mano el alcance de la reforma vesaliana. Un hombre de su tiempo, tradicionalista a la vez que innovador, que utiliza su propia experiencia para mostrar la idoneidad de su revolucionario método curativo de las heridas -aunque en su opinión ya había sido utilizado con éxito por el mismo Galeno-, el conocido entre otros nombres como tratamiento “limpio y seco” en las heridas de arma blanca. Un pionero en la también denominada práctica de cicatrización “por primera intención”, que sin lugar a dudas acortaba extraordinariamente la recuperación del enfermo y en la que Hidalgo de Agüero alcanzó gran fama, en toda España y Europa. Un magnífico hallazgo quirúrgico que respondía a diferentes nombres.
“Método de la vía seca o desecante”
Innovadora técnica curativa que limpiaba las heridas, unía sus bordes, aplicaba secantes no emolientes, y las ponía a cubierto del aire con vendajes. Es decir, una práctica diametralmente opuesta a la común en esos tiempos, mucho más intervencionista y conocida como de la doctrina del “pus loable”, consistente en recurrir a procedimientos húmedos que favorecieran la aparición de dicho pus loable, y al recurso de “hierros” posteriores para curar la herida.
De la bondad del método de Hidalgo nos habla su yerno, el también doctor Ximénez Guillén, “sin comparación es mejor, más cierta, más segura, más limpia, más suave, más fácil, más breve, menos penosa, y menos costosa que la común, que se practicaba en esta ciudad de Sevilla”, a la vez que celebra su eficacia: “Antes de que se introdujera […] este nuevo modo de curar, duraba la cura de una herida penetrante muchos meses y por la mayor parte morían casi todos: y si alguno como por milagro quedaba con la vida, a mejor librar escapaba tísico. Ahora se curan dentro de siete días o en once, y a lo más largo en catorce”. (Continuará)
