Creo que es el primer “dos por uno homónimo” de esta pretendida sección divulgadora científico-periodística por las calles de Sevilla, y lo empiezo con la vía que en la actualidad va desde la confluencia de Madre de Dios, Federico Rubio y Aire, hasta Ximénez de Enciso, allá en el céntrico barrio de San Bartolomé perteneciente al distrito Casco Antiguo, y que con una longitud de 204 m lleva de Código Postal el 41004. Una calle que ya en el siglo XVI era conocida como Cruces -toponimia que le venía de la abundancia que de éstas existía en la zona, tal como se puede apreciar en el plano de Olavide de 1771- y que a lo largo del tiempo ha cambiado de longitud, trazado y hasta de nombre, por supuesto. En este sentido, y para los intereses que nos traen, en 1865 se acordó denominarla calle Wiseman, a la vez que se colocaba en su edificio número 5 una placa conmemorativa del nacimiento en él, de quien fue primer arzobispo y cardenal de Westminster, el teólogo y novelista sevillano Nicolás Wiseman (1802-1865), ¡qué me dice! Nada menos que un apellido irlandés para nombrar una calle sevillana que, dada la dificultad para ser pronunciado por la gente, el Ayuntamiento decidió cambiar poco después, en 1868, por el actual de calle Fabiola, pasando entonces, y por inercia quizás, el edificio a ser conocido como casa Fabiola. Sí, estas cosas pasan, probablemente, por la inexorable, omnipresente y universal ley de la economía; y bien, me dirá usted, “Sea” pero, ¿cuál es el motivo de la elección del susodicho nombre? ¿Qué pinta en todo esto un hombre de Dios como Wiseman? ¿Qué hacen todos ellos en este “científico” DeCienciaPorSevilla?
Preguntas en busca de respuestas
Al igual que la media docena de personajes pirandellianos lo hicieron en busca de autor, allá en los años 20 del siglo pasado, éstas lo hacen en una novela que el polímata cardenal publicó en 1854, de título ‘Fabiola, o la iglesia de las catacumbas’ y cuya ficticia protagonista, Fabiola, es una joven romana de noble familia de principios del siglo IV que durante la persecución de los cristianos por el emperador Diocleciano, y tras unos sucedidos que no vienen al caso, comienza una lenta transformación interior que culmina en su conversión al cristianismo. De ella toma el nombre la calle y por ósmosis la casa, cuya existencia data del siglo XIV y que tras varias reformas fue: vivienda privada, hospedería del convento de Madre de Dios, casa natal del cardenal Nicolás Wiseman, sede de la Fundación José Manuel Lara, oficinas municipales y, desde 2018, albergador entre sus muros del Museo Bellver con la colección de arte del bilbaíno Mariano Bellver, donada al Ayuntamiento de Sevilla. Bien, lo de Fabiola es por el nombre de la protagonista de la novela del religioso sevillano, pero, ¿qué hace un escritor religioso en una sección periodística como ésta, pretendidamente divulgadora de la ciencia? ¿Quién fue el tal Wiseman?
Nicolás Wiseman (1802-1865)
Pues no le quepa la menor duda que fue todo un personaje de su época: teólogo, filólogo, experto en lenguas antiguas, catedrático de universidad, escritor, arzobispo católico y cardenal inglés-español de familia irlandesa, pero no uno más, fue el primer arzobispo de la arquidiócesis de Westminster con el restablecimiento de la jerarquía católica en Inglaterra y Gales en 1850. Un puesto que mantuvo hasta su muerte y, si no me equivoco, lo convierte en el único hijo nativo de Sevilla que ha sido honrado con el birrete rojo; ya me corregirá si no es así y no le digo más. Nacido en Sevilla, sus padres, una pareja anglo-irlandesa, se habían establecido en España por motivos comerciales, fue bautizado en la antigua iglesia de Santa Cruz, actual Plaza de Santa Cruz, y a los pocos días su madre lo llevó a la capilla de la Virgen de la Antigua de la Catedral de Sevilla donde lo depositó sobre el altar con la idea de consagrarlo al servicio de la Iglesia. Y sin más, está todo dicho. Wiseman fue un hombre de Dios que en las postrimerías de su vida se topó con un controvertido tema que, si bien había empezado siendo un curioso motivo de estudios en sus años de aprendizaje en Roma, la relación fe-cultura-ciencia, al final de su vida se convirtió en un más que grave conflicto de fe.
Y lo cierto es que no faltaban motivos para ello, no en vano es en ese ínterin temporal cuando aparece publicado el revolucionario texto de biología evolutiva Origen de las Especies, 1859, la trascendental obra del naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882); la misma que supuso el mayor cambio de paradigma en la historia de la Biología y uno de los hitos científicos que más han marcado el desarrollo de la ciencia en general y, por ende, de la humanidad. Por si esto fuera poco, un año después tenía lugar el famoso sucedido del “Bulldog de Darwin”, apodo canino que tomó carta de naturaleza en 1860 cuando el biólogo y filósofo británico Thomas Henry Huxley intervenía en el más que polémico debate académico de Oxford, contra el “jabonoso” obispo Samuel Wilberforce y en defensa de la darwiniana teoría de la evolución por el mecanismo de la selección natural. (Continuará)
