Plaza del Altozano/Pablo Alonso en Flickr

Triana es uno de esos lugares de Sevilla donde cada esquina parece esconder un capítulo de historia. Sin embargo, pocos saben que el origen del barrio se encuentra en una antigua alquería rodeada de un paisaje verde repleto de frutos que hicieron famosa a la Vega de Triana. Mucho antes de convertirse en uno de los barrios más carismáticos de la ciudad, ya destacaba por sus huertas y por la presencia de pescadores y artesanos que vivían a la sombra de una imponente fortaleza almohade. Y es que el primer gran edificio levantado aquí fue el Castillo construido por los almohades en 1171: una estructura defensiva de diez torres que protegía este lado del río Guadalquivir.

El siglo XII marcó un antes y un después para este rincón apartado. Los musulmanes tendieron entonces el primer puente estable sobre el río, un paso de barcas que conectó el arrabal con la ciudad y, a su vez, unió Sevilla con los ricos pueblos del Aljarafe. Este hecho transformó para siempre la vida de Triana y facilitó su crecimiento como arrabal clave en la historia de la ciudad.

Hoy, el recorrido más habitual por el barrio comienza cruzando el Guadalquivir por el célebre Puente de Triana o Puente de Isabel II, construido en 1845 sobre el mismo lugar donde se encontraba aquel antiguo puente de barcas. Se trata de una de las pocas muestras de arquitectura del hierro conservadas en Sevilla, junto al cercano edificio del Barranco. Justo al entrar en Triana, el visitante se encuentra con uno de sus símbolos: la Capillita del Carmen, conocida popularmente como «El Mechero» por su forma singular. Fue diseñada por Aníbal González entre 1924 y 1928 y destaca por su elegante ladrillo visto y su estética historicista.

La plaza del Altozano es el corazón del barrio, un espacio vibrante donde se encuentra el monumento a Juan Belmonte, uno de los toreros más influyentes de la historia, y la escultura «Triana al Arte Flamenco», obra de Jesús Gavira. Desde allí, basta desviarse por Callao, Antillanos Campos o Alfarería para adentrarse en el Triana artesana, un Triana lleno de talleres cerámicos que mantienen viva una tradición centenaria.

La calle Castilla es un punto imprescindible. En ella se encuentran dos imágenes profundamente queridas por los trianeros. Por un lado, el Nazareno de la O, obra de Pedro Roldán (1685), venerado en la Parroquia de Nuestra Señora de la O. Por otro, el Cristo de la Expiración, más conocido como el Cachorro, tallado por Francisco Antonio Gijón en 1682 y que recibe culto en la Capilla del Patrocinio, muy cerca de la Isla de la Cartuja, antigua sede de la Exposición Universal de 1992.

Otra de las arterias fundamentales del barrio es la calle San Jacinto, un espacio lleno de vida que combina bares con tradición —donde no faltan gambas frescas ni manzanilla de Sanlúcar— con enclaves religiosos de gran relevancia. Allí se encuentra la Capilla de la Estrella, donde se venera la Virgen de la Estrella, atribuida a Martínez Montañés, y la Parroquia de San Jacinto, diseñada en el siglo XVIII por Matías de Figueroa. Muy cerca, en Pagés del Corro, se levanta el Convento de las Mínimas, construido entre 1755 y 1760.

Desde el Altozano, adentrarse por la calle Pureza es descubrir el alma espiritual de Triana. Antiguamente, aquí prosperó el gremio de los olleros, pero hoy el protagonismo lo tienen las devociones más profundas del barrio: la Esperanza de Triana, venerada en la Capilla de los Marineros, y el Cristo de las Tres Caídas, atribuido a Marcos Cabrera alrededor de 1595.

La Real Parroquia de Santa Ana, conocida como la Catedral de Triana, es otro de los monumentos esenciales. Fue la primera iglesia construida tras la conquista de Sevilla por Fernando III en 1248. En realidad, se debe a su hijo Alfonso X, quien la dedicó a Santa Ana en agradecimiento por haber sanado una enfermedad ocular. El templo, levantado en el siglo XIII, ha sufrido diversas restauraciones, especialmente tras el terremoto de Lisboa de 1755.

Continuando el paseo, merece la pena rodear la iglesia para contemplar su torre desde la Plazuela de la Sagrada Familia y regresar después a Pureza. Allí se abre la portada de la Casa de las Columnas, ejemplo destacado de la arquitectura civil academicista. Siguiendo por Duarte se desemboca en la mítica calle Betis, cuyo nombre honra al antiguo río que la bordea. Sus orillas, hoy llenas de bares y restaurantes con nombres marineros, ofrecen algunas de las mejores vistas del Guadalquivir y del centro histórico de Sevilla.

Finalmente, el recorrido termina en la Plaza de Cuba, donde aún se conserva el antiguo Convento de los Remedios. Desde aquí, cruzar el Puente de San Telmo permite despedirse de Triana con una panorámica privilegiada del río y de ambas orillas. Un final perfecto para descubrir un barrio que combina historia, tradición, arte y carácter como ningún otro en Sevilla.