Adrián Pino atraviesa uno de los momentos más singulares de su carrera. El actor y creador, que se ha convertido en una de las caras más reconocibles del humor andaluz reciente gracias a las redes sociales, reflexiona sobre su identidad artística, el auge de Los elfos del Rocío y la presión de una industria que, a veces, le ha pedido rebajar su acento o su forma de contar humor. Y para eso tiene una respuesta muy clara.
Cuando se le plantea si aceptaría un proyecto de una gran plataforma como Netflix que le exigiera suavizar su manera de hablar para interpretar una versión edulcorada de su espectáculo, Adrián Pino contesta sin dudar: «Ni mijita, por supuesto, porque es que haría otro proyecto». Para él, la esencia andaluza forma parte inseparable de esta propuesta: «Creo que cada proyecto tiene sus propias normas y al igual que se acepta que en Elfos del Rocío no tenemos que cantar bien, hay un andalucismo que está claro».
El actor reconoce que Los elfos del Rocío ha superado cualquier expectativa. «Llevo desde ayer en una especie de simulación», recuerda entre risas, citando incluso el interés reciente de Antonio Orozco en su contenido. «Esto se nos está yendo de las manos, la verdad. Pero por ahora, en el buen sentido», piensa. La clave del éxito, asegura, es la honestidad: «No cantamos una mierda, pero te lo vas a pasar de puta madre». Así empieza el show, con una voz en off que reivindica la transparencia.
En su reflexión sobre el humor andaluz actual, el actor revela una tensión que ha vivido durante años: «Desde fuera es muy andalucista; desde dentro, es muy raro». Sin embargo, ahora siente que ha conectado con un público que entiende su propuesta: «Me siento liberado y me siento guay». A partir de esa experiencia, lanza una de sus afirmaciones más potentes: «La comedia andaluza tiene un poder universal que no se ha aprovechado».
A lo largo de la conversación, Adrián Pino insiste en que está evitando caer en el humor localista por inercia, porque —dice— «me cansa un poco» repetir siempre los mismos códigos. Aclara que sí le interesan las referencias andaluzas, pero solo si sirven para contar algo más grande: «Estoy teniendo mucho cuidado con no caer en el humor localista de siempre, pero sí coger como referencia lo localista y hacerlas universales es lo que más me está interesando».
Esa búsqueda le lleva a fijarse en historias que, siendo profundamente andaluzas, le parecen extraordinarias. Entre ellas, su obsesión con la Expo del 92, un tema al que vuelve con entusiasmo: «Soy un friki de la Expo». Explica que cuando vio que Álex de la Iglesia iba a trabajar sobre ese escenario pensó: «Hostia, ya se ha adelantado». Aun así, mantiene intacto su deseo de crear una ficción allí: «Me encantaría vivir la Expo, ver de qué manera podemos hacer que haya una historia que ocurra en la Expo», dice, recordando además que en aquella época tenía solo dos años y que recrearla sería, para él, una forma de experimentarla por primera vez.
Aunque vive de su trabajo desde hace años, no oculta las dificultades actuales: «Ahora mismo estoy por una crisis económica como hacía años que no tenía». Aun así, mantiene su prioridad: quedarse en Andalucía. «Mi ideología a muerte es el andalucismo, porque no quiero irme a Madrid», afirma, describiendo su decisión como un andalucismo «egoísta» en busca de felicidad.
También aborda abiertamente la andaluzofobia, que confirma sin dudar: «Sí, sí, la andaluzofobia existe». Y reclama una cultura andaluza más plural, que no se limite a un único registro humorístico ni a un puñado de referencias internas.
En su relación con los medios, especialmente con Canal Sur, ha vivido episodios tensos, pero destaca un encuentro clave: «Tienes toda la razón del mundo», le dijo un directivo —concretamente Juanma Blanco Poley— tras ver uno de sus vídeos críticos. Aunque no siempre ha recibido esa comprensión: «Me parece superfeo que me estén diciendo esto en directo y que no han entendido nada», recuerda sobre un comentario en una entrevista televisada en la que le insinuaron que iba a entrevistar a una persona que metía «caña» al medio público.
Entre el vértigo del momento, la reivindicación cultural y una sinceridad poco frecuente, Adrián Pino traza una idea clara: la comedia andaluza puede y debe aspirar a más. Y él quiere ser parte de ese camino, sin renunciar a quién es y sin dejar Andalucía atrás.
