(Continuación) Ni que decir tiene que, como en Sevilla, el doctor se hace con una clientela formada por la aristocracia y la burguesía madrileña a la que ahora suma, con el mismo rango, la oligarquía del poder. De hecho, nuestro hombre se muestra muy hábil en aprovechar la simbiosis generada entre la nobleza y la clase política durante la Restauración, para facilitar sus propósitos y planes sociales. Y se vale de sus influencias para conseguir información sobre la epidemia de cólera que se desencadena en España en 1884-1885 con la que, tras su estudio y utilizando básicamente como técnica observacional la encuesta y el cuestionario, logra publicar poco después su monumental ‘Estudios epidemiológicos relativos a la etiología y profilaxis del cólera (1887). Si Hauser llegó a ser conocido en Europa, se debió fundamentalmente a su participación en el debate que, a nivel internacional, se estaba produciendo en relación con la etiología y profilaxis del cólera.

Teorías epidémicas: telúrica

Una cuestión a la que pudo contribuir gracias al gran campo de observación que fue sin duda la epidemia citada, y en la que nuestro protagonista se inclinó por la doctrina telúrica para explicar su génesis y desarrollo, en contra de la hipótesis bacteriana. De modo resumido indicar que la teoría telúrica, teoría del terreno o del pleomorfismo creía que, en la génesis de epidemias como la fiebre tifoidea y el cólera, la tierra o el suelo eran fundamentales, así como la influencia de las condiciones higiénicas generales (entorno ambiental) y las circunstancias individuales. Según esta hipótesis la enfermedad surgía porque el “terreno” del cuerpo (tejido enfermo) resulta propicio para el desarrollo y la reproducción de gérmenes, de forma que, en esencia, la alteración del medio interno del organismo es el origen. Es la materia orgánica la causa de la enfermedad, al tener capacidad de alterarse por sí misma, y los gérmenes el efecto, una consecuencia de esta alteración.

Teorías epidémicas: bacteriana

Aunque durante un tiempo la creencia telúrica estuvo vigente y tuvo cierta influencia en el pasado, la realidad empezaba a mostrarse tozuda y los sucesivos hechos experimentales no dejaban de desmentirla, entre otros y fundamentalmente los descubrimientos de un francés y un alemán. Era el nacimiento de la teoría bacteriana o microbiana que postulaba a unos microorganismos como los invasores de nuestros cuerpos y los causantes de las enfermedades y no al revés. Una hipótesis ratificada, de un lado, por los estudios de Louis Pasteur que demostraron que el entorno y el aire podían contener microbios causantes de la enfermedad. Y del otro, por el trabajo de Robert Koch identificando qué patógenos específicos eran responsables de enfermedades como el ántrax o la tuberculosis. Desde entonces, numerosos y rigurosos experimentos demuestran y fundamentan la veracidad de esta teoría, la aceptada por la comunidad científica, y ni que decir tiene que gracias a ella se han llevado a cabo avances en la sanidad, la antisepsia y las vacunas. Abro paréntesis periodístico, ambos científicos tienen algún que otro reconocimiento en las calles sevillanas por lo que habrá que estar atento a la llegada de un más que posible vínculo al respecto. Cierro paréntesis.

Defensa numantina

Mientras llegan dichos reconocimientos le cuento el más que conocido final que tuvieron las teorías epidémicas. Por contexto histórico sabe que la telúrica se desarrolló en un momento en el que aún no se había desarrollado del todo el descubrimiento de los agentes patógenos y su papel vital, por lo que el tiempo y las pruebas jugaban en su contra. Y fue la teoría bacteriana la que terminó por prevalecer, jugando un rol fundamental en el desarrollo de la medicina moderna al identificar los microorganismos específicos como causantes de enfermedades. Es decir, la causa era externa no interna. A pesar de ello, en 1897, cuando esta teoría ya había recibido un sólido respaldo de la sociedad, nuestro hombre, en su obra Études épidémiologiques, seguía defendiendo (numantinamente) la del pleomorfismo, una posición teórica que muy pocos científicos en Europa ya compartían; puede que le costara algo admitir que, en ciencia, hay que seguir a las pruebas, sí o sí. Para algunos exégetas Hauser puede ser considerado como uno de los últimos higienistas europeos defensores de una teoría ambientalista de la enfermedad, y bajo esta perspectiva redactó en Madrid otras dos grandes obras médicas: Madrid desde el punto de vista médico-social en 1902 y La Geografía Médica de la Península Ibérica en 1913.

Adenda sevillana

A pesar de su marcha de la ciudad, Hauser nunca la olvidaría y hay varios hechos que lo demuestran. En 1914, con ochenta y dos años, cuando abandonó el ejercicio profesional decidió donar su excepcional e importante biblioteca especializada en temas médicos, con volúmenes en alemán, francés, inglés y castellano, a la ciudad para su uso y aprovechamiento.

Para ello se desplazó personalmente a Sevilla en mayo de ese año y por ese motivo fue nombrado Colegiado Honorario del Real Colegio de Médicos de Sevilla en sesión de 5 de mayo de 1914 e Hijo Adoptivo y Preclaro de la ciudad diez días más tarde. Como ya vimos, casi un siglo después recibía un nuevo homenaje, el de la calle sevillana que lleva su nombre y que nos ha traído hasta aquí. (Continuará)