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En Sevilla, a veces los grandes tesoros están escondidos a plena vista. A escasos pasos de la Catedral y los Reales Alcázares, en pleno corazón del barrio de Santa Cruz, se encuentra la Casa de Salinas, una joya renacentista del siglo XVI que muchos viandantes pasan de largo sin imaginar lo que se esconde tras su fachada discreta.
Desde fuera, apenas llama la atención: una portada sencilla, sin la ostentación de otras casas-palacio sevillanas como la de Pilatos o la de las Dueñas. Sin embargo, basta cruzar el zaguán para descubrir un patio central rodeado de columnas de mármol, arcos con yeserías renacentistas y un zócalo de azulejos trianeros que aún conserva el esplendor original.
El recorrido sorprende por sus detalles, como el mosaico romano de Baco procedente de Itálica, integrado en su segundo patio. La casa fue construida en 1577 por Baltasar de Jaén y, tras varios usos, en 1930 pasó a manos de la familia Salinas, que la restauró con mimo y aún hoy la habita. Esa convivencia entre residencia privada y espacio abierto al público le da un carácter único, distinto al de otros palacios puramente museísticos.
Una visita íntima y sin multitudes
Otra de sus virtudes es precisamente su carácter “oculto”: al no figurar entre los monumentos más concurridos de la ciudad, la Casa de Salinas ofrece una experiencia más tranquila y personal. Las visitas guiadas, de unos 40 minutos, permiten disfrutar con calma de sus rincones sin el bullicio que acompaña a los lugares más turísticos.
Además de abrir sus puertas a los curiosos, la Casa de Salinas se ha convertido en escenario de actividades culturales, como representaciones de ópera en su patio, que hacen aún más especial la experiencia de descubrirla.
