En pleno corazón de la antigua Judería de Sevilla, lejos del bullicio de la Giralda y las calles más transitadas del barrio de Santa Cruz, se esconde un pasaje tan estrecho como misterioso: la Calle Verde. Quien la cruza por primera vez tiene la sensación de entrar en un túnel vegetal, donde el tiempo parece haberse detenido y la luz del sol se filtra tamizada por una pérgola de hojas que tiñe de esmeralda las paredes encaladas.

Su nombre no engaña. La vegetación que cubre la calle crea un microclima de frescura en los días más calurosos, un privilegio en una ciudad como Sevilla. Sin embargo, la Calle Verde guarda mucho más que encanto visual: es un fragmento vivo de la historia medieval de la ciudad. Durante siglos formó parte del entramado de la Judería, un laberinto de callejuelas por donde transitaron mercaderes, artesanos y familias judías hasta la trágica matanza de 1391, que arrasó con la comunidad hebrea de Sevilla.

Además de historia, el lugar alimenta leyendas. Se cuenta que, durante unas obras en 1992, aparecieron antiguas tumbas y que un vigilante nocturno aseguró haber visto una figura envuelta en túnicas blancas atravesar una pared para perderse en la oscuridad. Fantasmas o no, lo cierto es que este callejón tiene algo de irreal: el silencio se impone sobre el ruido de la ciudad, y el visitante, casi sin darse cuenta, baja la voz como si temiera despertar a quienes un día lo habitaron.

Hoy, la Calle Verde es también acceso a la Casa de los Padilla, una de las viviendas más antiguas de la ciudad y actual parte del hotel Casas de la Judería. Quien pase por allí podrá asomarse a su patio renacentista y contemplar el escudo familiar, testigo pétreo de un pasado que sigue resonando en cada piedra.

Pequeña, escondida y envuelta en penumbra verde, esta calle es uno de esos rincones que Sevilla no exhibe con orgullo turístico, pero que guarda para quienes saben buscar la belleza donde se mezcla la luz, la sombra y el susurro de la historia.