En la calle Muñoz León, a la altura de la Puerta de Córdoba, una fachada sin pretensiones protege uno de los secretos mejor guardados del centro de Sevilla: un vivero que parece una selva. Su nombre es Vivero Su Jardín. Al entrar, uno se olvida por completo del ruido de los coches o del tráfico del centro. El ambiente es húmedo y fresco. El sol cae en cascada entre los helechos, los ficus, las orquídeas, los bonsáis.

Hay plantas colgando de los techos, ramas enredadas en viejos arcos de hierro, cactus que se alzan como esculturas y pasillos donde apenas cabe una persona. La sensación es la de haber entrado en un invernadero perdido en el tiempo. No hay carteles turísticos, ni anuncios llamativos, ni música de fondo. Solo el olor a tierra mojada y el rumor de hojas que se tocan.

Dolors Batlló, responsable del vivero, no se ha preocupado por convertir el lugar en una atracción de masas. Tampoco ha querido que su apellido tenga nada que ver con la icónica casa modernista de Gaudí en Barcelona, aunque la comparación se ha hecho inevitable: en ambos lugares, la arquitectura vegetal, orgánica y viva se impone. Ella prefiere hablar de cuidados, de cómo reconocer cuándo una planta está feliz o necesita atención. El vivero no es solo un espacio de venta, sino un refugio verde donde cada rincón tiene historia.

Un tesoro que pasa desapercibido

Sorprende saber que muchos sevillanos que han vivido toda su vida en el barrio nunca han entrado. Incluso los turistas que pasan junto a la muralla suelen ignorar esa puerta entreabierta, confundida entre coches y aceras. Y es que este lugar no llama la atención… hasta que lo cruzas.

Dentro, el contraste es tan fuerte con el exterior que parece que has viajado. Algunos lo comparan con un vivero encantado, otros con un jardín japonés de bolsillo. Sea como sea, salir del vivero es como abandonar un pequeño sueño verde.

En un momento en el que las ciudades parecen acelerarse, digitalizarse y estandarizarse, lugares como Su Jardín nos recuerdan que todavía existen espacios fuera del algoritmo. Sin marketing, sin ruido, sin filtros. Solo plantas, sombra y una mujer que las cuida como si cada una mereciera una conversación diaria. Así es la Casa Batlló de las plantas. No figura en las guías. No aparece en TikTok. Y, probablemente, eso la hace aún más mágica.