- Calle Doctor Cervi
- Panteón de Sevillanos Ilustres: Rodrigo Caro (1)
- Panteón de Sevillanos Ilustres: Rodrigo Caro (y 2)
Seguimos en la barriada Doctor Marañón del distrito Macarena (CP 41009), en una calle de 176 m de longitud que también fue rotulada en 1969, con el nombre de un médico de cámara del rey Felipe V, el primer rey Borbón de España de 1700 a 1746 y que, para más inri, se encuentra a un tiro de piedra de la dedicada al médico parmesano Giuseppe Cervi (1663-1748). Unos nexos justificadores de la presencia hoy en este negro sobre blanco digital de la vía dedicada al arahalense Juan Muñoz y Peralta (1655-1746), médico ilustrado de origen judeo-converso, cuya carrera académica y profesional transcurrió entre Sevilla y Madrid. Nacido en Arahal hace trescientos setenta (370) años, cursó estudios de Medicina en la Universidad de Sevilla donde se licenció y, tras ser rechazada su oposición para acceder a la Cátedra de Método en 1687, ocupó la de Vísperas entre los años 1689 y 1693. Una etapa algo ajetreada de su vida como convulsa era la situación por la que atravesaba la propia institución universitaria a la que pertenecía. Historias con intrahistorias.
Juan Muñoz y Peralta. Médicos clásicos y “novatores”
Hay que tener presente que hablamos de una universidad en la que dominaba la medicina clásica basada en las doctrinas y prácticas establecidas, pero en la que empezaba a surgir una medicina innovadora cuyos profesionales, “novatores”,buscaban innovar y adoptar nuevas ideas y métodos. Por simplificarlo, de un lado, unos médicos defensores de una tradición basada en las enseñanzas de Hipócrates (460-370), Galeno (129-201/216) y otros, que daban preferencia a la autoridad de los textos clásicos sobre la observación y el experimento o, lo que es lo mismo, priorizando el conocimiento teórico sobre la práctica clínica. Para entendernos, los galenistas.
Y de otro lado, unos médicos jóvenes y abiertos a nuevas ideas como que: las teorías tradicionales podrían estar incompletas o ser falsas; había que utilizar la observación, el análisis y la experimentación para obtener nuevos conocimientos; la práctica clínica es una fuente imprescindible e importante de conocimiento. Por personificar, el belga Andrea Vesalio (1514-1564), quien revolucionó la anatomía con su libro ‘De Humani Corporis Fabrica’ 1543, o el inglés Edward Jenner (1749-1823) pionero en el concepto de las vacunas y descubridor de la vacuna contra la viruela (1796), la primera vacuna del mundo. Ellos, son “novatores”. Dos calificativos, “clásicos” y “novatores”, para aludir a dos perspectivas diferentes sobre la práctica y el conocimiento médico, donde los segundos resultaron cruciales para el desarrollo de la medicina moderna, al impulsar la investigación, el desarrollo de nuevas tecnologías y la creación de nuevas especialidades.
“Novatores” sevillanos
Una denominación en principio peyorativa y a cargo de sus adversarios, que aludían así a su deseo de innovar o renovar, pero que con posterioridad pasó a ser elogiosa al aplicarse a un grupo minoritario y prestigioso de pensadores y científicos españoles de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII. Un periodo que en la historia intelectual de Europa se corresponde con la revolución científica y precede a la Ilustración, y que en España se la conoce también como ‘preIlustración española’. Un grupo que en Sevilla, y en el campo de la medicina, está encabezado por el murciano Diego Mateo Zapata con el referente de su libro Verdadera Apología de 1690, en el que hace una defensa de la medicina racional y filosófica. Y cuya historia tiene un punto de inflexión cuando nuestro arahalense decide renunciar a su cátedra en la Facultad de Medicina en Sevilla. Decide que no es la medicina que quiere, no cree que sea ese el camino que deba seguir y, aunque formado en el galenismo, concluye desembarazarse de la ortodoxia tradicional y abrirse a la nueva ciencia que defendía el grupo de intelectuales autodidactas conocido como “novatores”.
Dos caminos médicos
En aquel momento había dos vías para acceder profesionalmente a la medicina. Una ortodoxa, entre los muros de las aulas universitarias donde se adquirían todos los conocimientos teóricos necesarios que pudiera haber. Una docencia apegada al pasado, fundamentada en la autoridad hipocrática y el seguimiento a pie juntilla galénico, que adolecía de un exceso de principios axiomáticos y de unas carencias de práctica empírica y curiosidad implícita a todo lo científico. Pero eran los “médicos titulados”, los de prestigio universitario. La otra vía se basaba en aprender el oficio al lado de un profesional consumado, actuando de ayudante suyo a tiempo completo hasta que considerara que había adquirido la formación suficiente para presentarse a la Reválida, un examen que una vez superado le concedía la preciada titulación. Eran conocidos como “médicos revalidados” y la verdad es que, institucionalmente, no gozaban de la misma buena fama de los titulados universitarios; de hecho, casos hubo en los que se les llegó a acusar de herejes y practicar técnicas peligrosas.
No obstante la verdad se fue abriendo camino y las corrientes progresistas que llamaban a la puerta de la medicina lo hicieron tan insistentemente que terminaron por abrirla. No se trataba de renegar del pasado, pero sí se hacía necesaria la aplicación de un método científico, de ensayo o prueba (que no de ensayo y error), que permitiera avanzar en esta disciplina. Es el momento en el que Muñoz y Peralta decide ir por el camino rebelde, y hace valer su disconformidad con los anticuados métodos universitarios que abandona para fundar por cuenta propia la “Veneranda Tertulia Hispalense”. (Continuará)
