Coche de caballos pasean por la feria. - María José López / Europa Press
Coche de caballos pasean por la feria. - María José López / Europa Press

La Feria de Abril de Sevilla es sinónimo de farolillos, casetas, trajes de flamenca… y caballos. Sin embargo, en 1990, una imagen insólita sorprendió a sevillanos y visitantes: el Real se llenó de vida como siempre, pero sin uno solo de los animales que mejor representan su esencia. Aquella edición quedó marcada por la ausencia total de caballos y carruajes, consecuencia directa de un brote de peste equina que sacudió Andalucía y obligó a tomar medidas drásticas.

La peste equina africana es una enfermedad vírica que afecta exclusivamente a équidos y se transmite a través de insectos, sobre todo mosquitos. A finales de los años 80, varios focos surgieron en la región andaluza y, en cuestión de meses, el número de caballos muertos se contaba por cientos. En 1990, la cifra superó el millar. La alarma sanitaria crecía, y con ella la presión sobre las autoridades para evitar nuevos contagios.

La decisión fue contundente: ningún caballo podría acceder al recinto ferial. Ni siquiera aquellos que no mostraban síntomas o que se encontraban en zonas teóricamente libres de riesgo. Sevilla, con su Feria ya organizada, tuvo que asumir que por primera vez desde sus orígenes en 1847, la fiesta se celebraría sin uno de sus símbolos más arraigados.

La medida, aunque dolorosa, fue recibida con comprensión. Ya en años anteriores, algunos caballos habían llegado al Real en mal estado, y hubo escenas que generaron inquietud entre los asistentes. En 1990, la prioridad era la salud animal y evitar una tragedia mayor. Pero eso no impidió que el Real luciera lleno de color, música y bullicio. Aunque distinto, el ambiente no decayó: las casetas se abarrotaron, las sevillanas sonaron sin descanso y los brindis se sucedieron con más nostalgia que de costumbre.

Aquella edición sirvió para demostrar que, aunque los caballos son parte del alma de la Feria, el espíritu festivo de Sevilla va más allá. Y también para recordar los riesgos de ignorar los avisos sanitarios en eventos multitudinarios. Con el tiempo, la Feria recuperó su estampa tradicional, pero quienes vivieron aquel año siguen recordando la imagen insólita de un Real sin relinchos, sin carruajes… y sin el paseo de caballos que cada día inaugura la jornada festiva.