Con una longitud de 169 m podemos diferenciar en la actualidad y para los intereses que nos traen dos tramos de ella. Uno que empieza en la semipeatonal Mateos Gago y tras un arqueado trazado nos lleva hasta la vecina Plaza de la Alianza, conocida desde antes del siglo XVI como plaza o calle del Pozo Seco, supuestamente por uno que allí existió, y que en 1845 fue incorporada a la recién creada vía, Rodrigo Caro; eso sí, solo lo hizo durante un cuarto de siglo, hasta 1868 que pasó a rotularse con su actual denominación al parecer por el prosaico motivo de que había allí instalada una fábrica de tejidos, quien lo llegaría a pensar. De nuestro reconocimiento urbano de hoy decirle que es una recoleta calle del barrio de Santa Cruz perteneciente al distrito Casco Antiguo (41004) y, como ya hemos adelantado, lleva dicho nombre desde 1845, de modo que ciento ochenta redondos años nos separan en el momento de escribir estas líneas.

Lo hace en honor del conocido y reconocido poeta utrerano Rodrigo Caro (1573-1647) desde que se unificaron toponímicamente varias arterias con diferentes nombres de los alrededores; entre ellas la calle del Rey y la plaza o plazuela del Atambor o del Tambor, sita entre Mateos Gago y el pasaje de Vila y llamada así porque: según Peraza (1535), allí iban los negros a tocar sus tambores y, según Santiago Montoto (1940),el portillo de la Judería que estaba en esta plaza, se cerraba a toque de tambor ¿Tambores lejanos? Ya al final de este primer tramo de la calle, esquina a la actual Plaza de la Alianza y desde el siglo XVI, este espacio era conocido como calle del Horno del Sacramento por la doble razón de existir allí una tahona además de un retablo de la Sagrada Forma que había en el arquillo de la calle. Dicho lo cual, vamos con el científico.

Entre Utrera y Sevilla: Itálica y arqueología

Le decía más arriba poeta, pero es que también fue escritor, sacerdote, abogado y, en opinión de Marcelino Menéndez Pelayo (1876), mucho más pues de él son de destacar: “sus merecimientos de arqueólogo y epigrafista, de topógrafo, de historiador civil y eclesiástico, de mitólogo, de bibliófilo, de filólogo clásico, de poeta latino y castellano y de excelente prosista en su propia lengua”. En fin, lo que se dice un erudito y polímata, un humanista enamorado de los clásicos que comenzó los estudios de Teología (1590) en la Facultad de Cánones de la Universidad de Osuna, para posteriormente trasladarse a Sevilla donde se licencia en 1596 y, tras ordenarse sacerdote casi inmediatamente después, volver de nuevo a Utrera, con la familia. Aquí empieza a ejercer no solo el sacerdocio sino otras actividades que constituyen en realidad la razón que le trae a este negro sobre blanco y sus verdaderas pasiones.

Resulta que es en est ínterin de su vida, en concreto en 1595, cuando un joven Rodrigo de apenas 22 años visita por primera vez las ruinas de Itálica y se enamora perdidamente de ellas, iniciando así un idilio que durará toda su vida y en el que une arte y ciencia, arqueología y poesía. Una pasión por lo que hoy ya es una disciplina científica asentada y conocida como arqueología, de la que podemos considerarlo todo un precursor pues en aquellos entonces de finales del XVI era poco más que un nuevo y casi lúdico campo de conocimientos que estaba, como quien dice, en pañales. Un momento de la historia humana, esas postrimerías del siglo, en el que confluyen el comienzo de la Edad Moderna, el renacimiento de las artes y una especial mirada hacia la cultura clásica, una cargada de ideas humanistas que recorre buena parte de la civilización occidental, provocando que muchos estudiosos se interesaran por ese periodo clásico de Grecia y Roma.

Humanista y arqueólogo coleccionista

Un pensamiento que, por supuesto, también atrapa a Rodrigo y le hace compaginar sus innatos y eruditos intereses históricos, literarios y arqueológicos con el ejercicio de su sacerdocio, de modo que en su persona vocación espiritual y pasión material van de la mano. Una rara mezcolanza de actividades que ayudó a compaginar en buena medida su otro cargo eclesiástico, el de visitador general del arzobispado, una labor itinerante como abogado de la iglesia que le obligaba a recorrer vastas zonas para el asesoramiento legal de parroquias y conventos de monjas en diferentes localidades de Sevilla, Cádiz y Huelva. Desplazamientos que él aprovechaba para visitar e investigar el pasado de algunas de estas localidades, recabando datos documentales e incluso haciendo sus pinitos como arqueólogo, anticuario y coleccionista, al recoger muestras de los diferentes yacimientos arqueológicos que encontraba.

Por diferentes crónicas sabemos que en su casa de Utrera y después en la de Sevilla fue montando una especie de museo en el que albergaba todo tipo de hallazgos arqueológicos y curiosidades que encontraba en sus desplazamientos, además de una imponente biblioteca con obras de los autores más dispares. Una colección compuesta de restos arquitectónicos, esculturas marmóreas, bronces, urnas, inscripciones, joyas, cerámicas, estatuillas, lucernas, vidrios, monedas, etcétera. En fin, eran otros tiempos.

Un arqueólogo científico

A él debemos el erudito trabajo de demostrar, y sin lugar a dudas, que su patria chica fue la antigua Siarum, cuyas ruinas situó en los Campos de Sarro, en el Zarracatín cercano a Utrera, por donde el Palmar de Troya, corrigiendo así a otros precursores que no bien leyeron un conocido pasaje de Plinio el Viejo al respecto.