En lo alto de Carmona, dominando el horizonte de los Alcores, se levanta una mole de piedra que fue símbolo de poder y escenario de intrigas medievales: el Alcázar del Rey Don Pedro. Esta fortaleza, levantada en el siglo XIV por orden de Pedro I de Castilla sobre cimientos musulmanes, no solo fue residencia real, sino también un auténtico bastión defensivo que custodiaba el acceso occidental a la ciudad.

Su historia es tan accidentada como sus murallas. Los Reyes Católicos reforzaron sus defensas con el llamado «cubete», una estructura pensada para resistir la artillería de la época. Más tarde, el terremoto de Lisboa de 1755 le causó graves daños que lo sumieron en una lenta ruina. Sin embargo, sus torres y puertas, como la de Marchena, siguen recordando el esplendor de aquel tiempo en que Carmona era una de las joyas estratégicas del reino.

Lo más curioso es que este alcázar, tras siglos de decadencia, encontró una segunda vida en el siglo XX. En 1976, el recinto se transformó en un Parador Nacional de Turismo, lo que permitió recuperar parte de sus espacios y abrirlos a visitantes que hoy pueden dormir literalmente entre muros medievales. Desde sus terrazas se contemplan unas vistas espectaculares de la vega sevillana, un paisaje que combina historia y naturaleza en un mismo golpe de vista.

Caminar por sus restos es recorrer capas de historia: de la Carmona musulmana al reinado de Pedro I, pasando por la época de los Reyes Católicos y los avatares de los siglos modernos. Cada piedra parece susurrar relatos de guerras, conspiraciones y celebraciones cortesanas.

El Alcázar del Rey Don Pedro no es solo un monumento: es un testigo silencioso del paso del tiempo, un lugar donde lo medieval y lo contemporáneo conviven. Allí, entre ruinas y modernidad, Carmona conserva una de sus joyas más singulares, abierta a quienes quieran dejarse seducir por la mezcla de historia y hospitalidad.