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A medio camino entre la autopista Sevilla-Cádiz y el canal del Bajo Guadalquivir se levanta —o mejor dicho, resiste— uno de los grandes tesoros olvidados de la campiña sevillana: la Hacienda de Olivar La Mejorada Baja. Construida en el siglo XVIII, cuando la economía del olivar estaba en pleno auge, este conjunto monumental fue en su día un emblema de riqueza agrícola y de la vida rural andaluza. Hoy, sin embargo, sobrevive en un estado de ruina avanzada, atrapada entre la memoria histórica, el abandono y hasta las leyendas de misterio.
La hacienda se organizaba en torno a un gran patio central, rodeado de dependencias agrícolas y residenciales. Conserva todavía la portada con espadaña en la que puede leerse «La Mejorada Baja» y el número «29», como testimonio de su importancia. Tenía también una capilla anexa, bodegas, tinajas, almazaras con torres de contrapeso y una imponente vivienda principal de dos plantas coronada por una torre mirador. Aquel conjunto, levantado para dar vida a la explotación aceitera, llegó a ser un auténtico microcosmos en el corazón de Los Palacios y Villafranca.
Hoy la realidad es bien distinta. Declarada en la Lista Roja del Patrimonio de Hispania Nostra, La Mejorada Baja se encuentra en ruinas: muros desplomados, cubiertas desaparecidas, huellas de expolio y abandono. Y sin embargo, todavía conserva restos de policromía y detalles arquitectónicos que permiten imaginar su antiguo esplendor. Plataformas ciudadanas llevan años reclamando su declaración como Bien de Interés Cultural (BIC), conscientes de que la hacienda es algo más que ladrillos viejos: es parte de la historia agrícola y social de la provincia de Sevilla.


Pero La Mejorada Baja no solo es patrimonio; también es mito. En el imaginario popular se conoce como el «Cortijo de los Ahorcados», debido a historias de sucesos extraños y presencias misteriosas que han circulado durante décadas. Este aura de misterio ha atraído a exploradores urbanos y curiosos del mundo paranormal, que han contribuido a que el lugar adquiera una doble vida: la de ruina patrimonial y la de escenario de leyendas.
Entre la ruina física y el imaginario colectivo, la hacienda se ha convertido en un lugar fascinante, cargado de contrastes: símbolo del esplendor del olivar andaluz, víctima de la desidia institucional y refugio de mitos y misterios. Quizá por eso, cada vez que alguien se asoma a sus muros derruidos, no puede evitar preguntarse qué será de ella.
