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En plena marisma de Sevilla, donde el horizonte se funde con la llanura y el agua se adueña del paisaje en los inviernos lluviosos, se levanta una pequeña pedanía que muy pocos han oído nombrar: Adriano. Apenas medio centenar de habitantes lo conforman, pero su historia encierra una de esas piezas singulares que ayudan a comprender cómo se fue transformando la provincia de Sevilla en el siglo XX.
Adriano no es una aldea cualquiera. Surgió en los años sesenta como poblado de colonización del Instituto Nacional de Colonización, el organismo que, en plena dictadura, impulsó decenas de asentamientos agrícolas en Andalucía. Se levantó sobre la antigua Dehesa de Marisma y Puntales, expropiada para repartir tierras y fijar población en zonas rurales que hasta entonces apenas tenían vida estable.
El nombre no es casual: «Adriano» evoca al emperador romano nacido en Itálica, a apenas treinta kilómetros, como si aquel eco imperial quisiera dar peso histórico a un enclave en mitad de la marisma.
Una maqueta de urbanismo moderno
Quien pasea hoy por Adriano descubre un pequeño «experimento» urbanístico congelado en el tiempo. Los arquitectos Agustín Marín, Rafael Olalquiaga y Luis Marín de Terán diseñaron un pueblo en miniatura, con la lógica racionalista de la época: calles rectas, casas encaladas y patios traseros con corrales para animales.
El núcleo se articula en torno a dos espacios simbólicos:
- Una iglesia con torre-campanario, levantada en una plaza elevada que funciona como corazón espiritual.
- Una plaza porticada, recogida y sencilla, pensada como lugar de encuentro vecinal.
En la periferia aún se alza el depósito de agua que abastecía a la comunidad y que, junto a las antiguas naves agrícolas, recuerda la vocación agrícola que dio origen al poblado.
Un pueblo de apenas 52 vecinos
Según el Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía, Adriano cuenta con poco más de medio centenar de habitantes, repartidos casi al 50% entre hombres y mujeres. Es, con diferencia, uno de los núcleos más pequeños del municipio de Dos Hermanas, al que pertenece administrativamente.
Sin embargo, su tamaño no le resta encanto. Los vecinos conviven como en una gran familia, y la tranquilidad que se respira en sus calles vacías es parte de su atractivo. Adriano parece un lugar detenido, un testimonio vivo de la política agraria de hace seis décadas.
El paisaje que rodea a Adriano es otro de sus rasgos más peculiares. Situado en una zona baja y llana, la marisma se inunda en invierno, transformando los alrededores en espejos de agua donde se refugian aves y la vegetación explota en primavera. En verano, en cambio, la sequedad convierte la zona en un terreno duro y resquebrajado, casi lunar. Esa dualidad entre abundancia y aridez marca también la vida de quienes decidieron asentarse aquí, lidiando con las bondades y durezas de un territorio extremo.
Patrimonio oculto
Aunque para muchos sevillanos su nombre suene extraño, Adriano forma parte del Patrimonio Inmueble de Andalucía y ha despertado el interés de asociaciones culturales como el Ateneo Andaluz de Dos Hermanas, que organizan visitas para mostrar a curiosos e investigadores este pedazo de memoria arquitectónica y social.
Porque si algo tiene Adriano es que sorprende: en mitad de la nada, esconde un relato que conecta la colonización agrícola del franquismo, la huella del urbanismo racionalista y el pulso eterno de la marisma.
