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En lo alto de la Sierra de San Pablo, con vistas que se pierden hasta la campiña y la lejana Sevilla, se alza un viejo centinela de piedra. El Castillo de Cote, hoy en ruinas, fue en su día una de las piezas clave de la llamada Banda Morisca, la línea de fortalezas que defendía la frontera entre el reino cristiano de Sevilla y el nazarí de Granada.
Su propio nombre, Hisn Aqūt, recuerda su origen andalusí. Levantado en época califal y reforzado durante las taifas, el castillo pasó a manos cristianas en 1240, cuando Fernando III pactó la entrega del enclave. Poco después, Alfonso X el Sabio lo donó al Concejo de Sevilla y, ante el riesgo de incursiones musulmanas, acabó en manos de la Orden de Alcántara, que lo mantuvo como avanzada defensiva.


Durante siglos, fue más que un simple castillo: era un mirador estratégico desde el que se controlaban caminos, valles y posibles movimientos enemigos. No es casual que su torre del homenaje se levantara en el punto más alto, como un ojo atento sobre la frontera.
Cote fue testigo de guerras, pactos y sobresaltos, pero también de la vida cotidiana de soldados y caballeros que lo habitaron. Con el avance de la frontera hacia el este y la caída del reino nazarí, la fortaleza perdió importancia y cayó en el olvido. Sus muros comenzaron a desmoronarse, dejando solo las huellas de lo que fue.
La tradición oral asegura que desde sus almenas se podía ver encenderse hogueras en Morón o en Montellano, señales que servían para avisar de incursiones. Aunque hoy solo quedan piedras desgastadas, basta detenerse allí al atardecer para imaginar aquellas luces comunicándose entre fortalezas.
Hoy el castillo es un destino perfecto para senderistas y amantes de la historia. Se puede acceder desde Montellano a través de rutas señalizadas, como la Ruta de los Miradores, que regala paisajes espectaculares de la campiña sevillana. Una vez arriba, la recompensa es doble: las vistas infinitas y la sensación de estar pisando un pedazo de historia olvidada.
