En mitad del Guadalquivir, a su paso por Alcolea del Río, se alzan unos silenciosos testigos de piedra que parecen flotar sobre las aguas. Son los Molinos Árabes de la Aceña, un conjunto patrimonial poco conocido que guarda la memoria de siglos en los que el río no solo fue frontera y camino, sino también motor económico para pueblos enteros.

La palabra aceña proviene del árabe hispánico as-sánia, que significa «noria» o «molino de agua». Y no es casual: estos molinos fueron diseñados para aprovechar la fuerza del Guadalquivir y moler cereales. Allí donde hoy vemos un cauce apacible, hace siglos rugía el agua atrapada por presas y canalizaciones que alimentaban las ruedas hidráulicas. El resultado era harina, un bien tan básico como preciado, capaz de garantizar el sustento de familias y reinos enteros.

Tres gigantes en mitad del cauce

El conjunto de la Aceña está formado por tres módulos independientes, separados por brazos del río. Sus muros de cantería y ladrillo llevan grabadas las huellas de siglos de actividad. Aunque se cree que el origen de estos molinos es andalusí, la fábrica actual se remonta al siglo XV, cuando fueron reconstruidos hacia 1485.
Todavía hoy, en su interior, pueden contemplarse restos como las piedras de molino, testigos mudos de un tiempo en el que la vida dependía del vaivén del agua.

Cuenta la tradición que estos molinos eran tan importantes para la economía local que los vecinos vigilaban con recelo cada crecida del río, temiendo que el Guadalquivir se llevara consigo la estructura… o lo que era peor, que dejara a la villa sin pan. El paso de las estaciones marcaba la actividad: en los inviernos lluviosos, los molinos rugían con fuerza; en los veranos secos, el trabajo se ralentizaba, obligando a buscar alternativas.

Un patrimonio escondido

A pesar de su valor, los Molinos Árabes de la Aceña permanecen fuera de las rutas turísticas más habituales de Sevilla. Sin embargo, se conservan en buen estado y constituyen un escenario único para el visitante curioso: piedras que emergen del agua, reflejando la historia en la corriente. Eso sí, la visita requiere precaución: el terreno suele anegarse en épocas de crecida y es recomendable acercarse cuando el río baja tranquilo.

Acercarse a Alcolea del Río es sumergirse en una Andalucía menos conocida, la que respira en sus riberas y conserva sus secretos en silencio. Allí, junto al Guadalquivir, los Molinos de la Aceña nos recuerdan que hubo un tiempo en el que el agua no solo calmaba la sed, sino que también alimentaba la vida y movía el mundo.