Videoclub, dícese del establecimiento comercial donde se alquilan películas. Esa es la definición que recoge la Real Academia Española, una palabra que en pocos años pasará a ser un arcaismo. Desde los años 80 hasta finales de la década de los 2000, era el lugar al que acudir cuando se quería ver una película concreta. Por dos o tres euros, se podía alquilar durante un par de días todo tipo de títulos, de cualquier género. Para muchas familias de Sevilla, era el plan de los viernes: hacerse con varias películas del videoclub para disfrutarlas durante el fin de semana. Además, no solo ofrecían cine. También era habitual alquilar videojuegos o incluso probarlos allí mismo.

Videoclub Consolación. Javi Gómez.

Con la llegada de los década de los 2010, los videoclubs recibieron el primer gran golpe: la piratería. Aunque ya existía desde hacía tiempo, no era tan generalizada. Pero llegó un punto en que descargarse películas —y también videojuegos— estaba al alcance de cualquiera. Tiempo después, llegó el segundo y, en muchos casos, definitivo golpe: las plataformas de streaming. La era digital había llegado para quedarse. Ya no hacía falta salir de casa para alquilar una película. Plataformas como Netflix o HBO ofrecían catálogos inmensos accesibles desde el sofá, con solo pulsar un botón del mando a distancia.

En un intento por sobrevivir, muchos videoclubs comenzaron a diversificarse. Algunos empezaron a vender merchandising relacionado con el cine y los videojuegos: juguetes, camisetas, figuras… Otros se transformaron en quioscos donde comprar chucherías y bebidas. El alquiler de películas y videojuegos ya no era rentable. No se podía vivir solo de eso.

En la provincia de Sevilla, los videoclubs fueron cerrando poco a poco. Algunos mantienen el nombre para honrar su pasado, aunque han eliminado por completo el servicio de alquiler. Es el caso del Videoclub Rubén (en Montellano) o el Videoclub Alicia (en El Coronil), dedicados hoy exclusivamente a la venta de golosinas y regalos. El último que sigue en pie, conservando su esencia original, está en Utrera: el Videoclub Consolación, donde aún es posible alquilar películas y videojuegos.

Aunque hoy en día está ubicado en la calle Santiago Apóstol del municipio sevillano, este comercio local abrió sus puertas hace 31 años originalmente en la calle Álvarez Hazañas, en pleno centro de la ciudad. Está regentado por María del Rosario Lobo y su marido, Antonio Castejón, aunque es María la cara visible del negocio.

Videoclub Consolación. Javi Gómez.

Consciente de que el videoclub, como tal, ya no es sostenible por sí solo, María y su marido comenzaron hace más de una década un proceso de diversificación. «Ya en vista de que este mundo va a menos, mi marido —que antes también era representante y vendía directamente a videoclubs— tuvo que dejarlo y se metió en el mundo de la telefonía», explica. Hoy en día, además del alquiler de películas, ofrecen contratos de telefonía móvil con DIGI, servicios de la ONCE y venta de móviles al por mayor. «Un poquito de aquí y un poquito de allí para poder sacarme ya», resume con naturalidad.

La incorporación de estos servicios comenzó hace unos diez años con la ONCE y algo después con DIGI, según cuenta la propia María. Esa estrategia les ha permitido mantener vivo un negocio que ya no funciona como antes. El alquiler de películas sigue en pie, pero de forma mucho más residual. «Todavía hay clientes que de vez en cuando vienen porque les gusta ver una película en condiciones, como las de antes, pero ya no es a diario como era antes. La gran mayoría está en el streaming», comenta.

El perfil del cliente también ha cambiado. «Viene gente más mayor. Un niño de 10 años hoy en día no sabe lo que es un videoclub», dice con cierta melancolía. Pese a ello, siguen trayendo estrenos cada semana, aunque reconoce que ya ni en los cines hay tantos títulos conocidos como antes.

Sobre la situación del sector en la provincia, lo tiene claro: «Creo que somos el único videoclub que queda en la provincia de Sevilla. En Pilas hay uno, pero ya no alquila, solo vende cosas de segunda mano». En localidades como Dos Hermanas, Alcalá de Guadaíra, Los Palacios o incluso en Sevilla capital, ya no queda ninguno. «Solo vivir del alquiler de películas es imposible», sentencia. Según relata, antes aún podían alquilar algo los fines de semana, pero hoy depende de si hay fiesta o algún evento en el pueblo. «Como haya algo, olvídate».

Durante la pandemia, María mantuvo abierto el local. «Tenía cositas de supermercado y eso me permitió seguir. Un día vino la policía, lo vieron, y me dijeron que no había problema». Esa resistencia la distingue de otros compañeros del sector que no corrieron la misma suerte. «El muchacho de Los Palacios tenía un pedazo de videoclub. Cerró con la pandemia y ya no volvió a abrir. A lo mejor, si hubiese seguido, habría aguantado», concluye.

Dentro de un año, María se jubilará. Con ella se apagará también la última luz del videoclub en la provincia de Sevilla. El Videoclub Consolación cerrará sus puertas para siempre, dejando atrás una era que marcó a varias generaciones y que hoy solo sobrevive en la memoria de quienes rebobinaban cintas y elegían películas entre estanterías.