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Pocos recuerdan que, en la antigigüedad, buena parte del suroeste andaluz estuvo cubierta por un gran lago interior: el Lago Ligustinus, una extensa laguna costera que existió en tiempos romanos y cuya huella aún pervive en la configuración geográfica y económica del entorno del Bajo Guadalquivir. A medio camino entre la historia, la geografía y la arqueología, el Ligustinus fue un espacio clave en la articulación de la Bética romana, tanto como vía de comunicación como por su riqueza natural.
Este lago no se parecía a los que conocemos hoy. No era una masa de agua cerrada, sino una gran zona húmeda interconectada con el océano Atlántico a través de la desembocadura del río Guadalquivir. Sus aguas se extendían entre las actuales provincias de Sevilla y Cádiz, abarcando territorios de municipios como Sanlúcar de Barrameda, Trebujena, Lebrija, Jerez de la Frontera o Las Cabezas de San Juan. En época romana, esta zona era navegable, lo que permitía el transporte fluvial desde el interior hasta la costa, integrando a Hispalis (la actual Sevilla) en las rutas comerciales del Imperio.
La importancia del Lago Ligustinus no solo fue estratégica, sino también económica. Sus aguas eran abundantes en peces, y en sus márgenes florecieron industrias de salazones y producción de garum, la célebre salsa de pescado fermentado que era un auténtico manjar en Roma. Restos arqueológicos hallados en la comarca del Bajo Guadalquivir dan cuenta de la actividad portuaria y comercial vinculada a este entorno. Algunas hipótesis lo identifican también con el “lago de Tartessos” mencionado por fuentes antiguas, lo que le confiere un valor simbólico añadido.
Aunque los historiadores prefieren llamarlo Golfo Tartésico por sus características geográficas, con el paso de los siglos esta ensenada se secó y se llenó de sedimentos, lo que dio lugar a las actuales marismas del Guadalquivir. La naturaleza, sin embargo, no olvida: el intenso temporal que ha asolado Andalucía durante los últimos días ha anegado la zona inundable en la que, hace miles de años, se hallaba el Lago Ligustinus. La imagen de los campos convertidos en espejo de agua recuerda que este espacio fue, en otro tiempo, un auténtico mar interior. La naturaleza recupera lo que es suyo.
Con el paso del tiempo, sin embargo, el lago fue perdiendo protagonismo. La colmatación natural provocada por los sedimentos arrastrados por los ríos y el retroceso del nivel del mar hicieron que el Ligustinus desapareciera paulatinamente, dando lugar a las actuales marismas del Guadalquivir, especialmente visibles en el entorno de Doñana. Lo que fue una gran laguna navegable, es hoy una de las zonas húmedas más importantes de Europa, transformada por la acción de la naturaleza y también del ser humano.
