En estas Navidades visitamos el Parque Natural de Hornachuelos, un parque protegido que antes nos sonaba solo por el cementerio de residuos radiactivos de «El Cabril», y que ahora encontramos esplendoroso, lleno de naranjales y de alcornoques, de águilas, jabalíes y cabras montesas.
Hemos llegado allí después de pasar por una gran extensión de placas solares entre Carmona y Lora del Río. Lo que antes llamábamos huerto solar se ha convertido en un campo solar que ha ido eliminando las plantas autóctonas: olivos y naranjos.
Hemos disfrutado de este Parque Natural que contiene uno de los mejores bosques mediterráneos y de ribera y que se conserva muy bien. Hemos visto muchas encinas y alcornoques descorchados, también algunos quejigos como aquellos que teníamos en La Fuente del Duque y de los que cogíamos las «argallas» para jugar. También hay acebuches, algarrobos y palmitos. Hemos pasado por el río Bembézar y hemos navegado en un barco solar por el pantano, desde donde hemos divisado a los buitres-negros y leonados, a cormoranes pescando y hasta alguna cigüeña negra.
El pueblo está en un sitio escarpado, con muchos barrancos que nos recuerdan al Tajo de Ronda, o al de Alama de Granada.
En el pueblo hay un monumento dedicado a los apicultores. Hemos comprado miel y me he acordado de cuando popá castraba las colmenas y se ponía aquel traje tan raro. He preguntado por el arrope que tú nos hacías con sidra. Aquí se conoce como «melaza»
Qué te voy a contar madre, si cada vez que salimos al campo me acuerdo de lo que a ti te gustaba y que cuando te faltaban los recuerdos sólo pensabas en volver a tu huerto, al río Corbones donde naciste y a la Fuente del Duque en donde criaste a tus siete hijos.
Ir al campo, dicen los jóvenes, te reconcilia contigo mismo. Los que hemos vivido en el campo lo vemos de otra manera, no tan romántica.
Para nosotros el campo ha significado trabajo, aislamiento. Quizás por eso popá no quiso volver nunca ni mis hermanos mayores tampoco. Muchas veces vamos a Pruna y nos puede La Nostalgia porque sentimos que ya no formamos parte de la tierra ni del pueblo que nos vio nacer y donde pasamos nuestra infancia y juventud.
Siempre que volvemos al acampo, me digo «esto se lo cuento a mi madre», para que vea cómo está el campo ahora y lo diferente que es de aquel de La Fuente del Duque- ¿Te acuerdas que no teníamos luz ni agua corriente y de que trabajábamos de sola sol con las herramientas de que disponíamos entonces: tres mulos de carga, una yegua y una burra que utilizábamos para ir al pueblo. También teníamos una piara de cochinos, un corral de gallinas, unos pavos, dos o tres cabras y todas las aves que surcaban nuestro cielo: águilas, buitres, lechuzas, búhos, cernícalos… También sabíamos distinguir los alacranes o escorpiones, las serpientes o las víboras. Niños, tened cuidado cuando levantéis una piedra, nos decía popá…
Cómo ha cambiado to, madre. Ahora la mayor parte del campo es coto y está alambrado. Hay poco sitio por donde caminar.
Ya en las casa hay luz, lavadora, frigorífico y calefacción, aunque se conservan las chimeneas como algo rústico, para los turistas. ¿Te acuerdas cuando íbamos a lavar la ropa a La Fuente del Duque? También venían a beber las bestias y a llenar los cántaros de agua.
Ahora el campo, la naturaleza, está de moda, y queremos reconciliarnos con ella, aunque sea por unos días. Pero ahora somos urbanitas y no queremos perder nuestras comodidades de la ciudad. Es bueno que haya gente que cuide la naturaleza y que las nuevas generaciones recuperen lo vital y puedan respetarla y disfrutarla.
