Las encuestas y el ambiente generalizado nos inducían a pensar que lo que pasaría el 20N fue lo que al final ocurrió: el mejor resultado de la historia para unos, el peor resultado de la historia para otros.

Muchos decían que incluso Rubalcaba se había posicionado como opositor el día del célebre debate. Pero, a pesar de todo, siempre hay un espacio para la sorpresa. Ese espacio, además de Barcelona, parece que ha sido Sevilla.

Tras los arrolladores resultados obtenidos en las Elecciones Municipales por el Partido Popular, más de uno y de dos pensaron que esto ya era  el ‘vidi, vini, vinci’ romano. Pero qué equivocación dar por hecho algo en Sevilla. Tras una competición en el escrutinio digna de fotofinish, el PP sacó una ajustada victoria en la capital, ajustada bajo mi punto de vista tras la mayoría de Zoido en las municipales. La provincia fue otro cantar.

Para no aburrir con datos, que tampoco soy yo una eminencia para ello, el PSOE ha perdido más votos de los que el PP ha sumado. Pero, como dije, la diferencia la marcó la provincia, municipios como Dos Hermanas, Olivares, Lora del río, Morón… tenían una mayoría socialista destacable. Esto nos condujo al resultado final de seis diputados para el PSOE, cinco para el PP y uno para IU, que muestra una reseñable subida con respecto a resultados anteriores.

Por otra parte, parece significativo el “abstencionismo contabilizado”, es decir, ese término es el adecuado. Esos votos blancos y nulos que diferencian el descontento o la desgana de quien se queda en el sofá y no vota, con el de quien va a votar y manifiesta su descontento.

Por lo demás, lo previsible, Mariano presidente, Rubalcaba perdiendo con toda la dignidad posible y, los ciudadanos, expectantes. Nos han vendido el “cambio”, y ahora llega el momento de comprobar si tal cosa existe.

Como le oí decir a Juan Echanove hace unos meses, “soy una persona de izquierdas a la que no le da miedo que gobierne la derecha, siempre que sea el resultado de un proceso democrático”.

Las urnas, los ciudadanos, la sociedad ha hablado; y ya no tiene sentido del todo pensar en el ‘voto de castigo’ o el ‘desencanto del electorado’. No hay más leña que la que arde, y la mayoría de la sociedad ha elegido el cambio que querían. Eso sí, personalmente me ha parecido curioso ver cómo “los viejos políticos nunca mueren”. Alfonso Guerra es digna muestra de ello.

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