Recuerdo que, en una ocasión, mi querido Iñaki Gabilondo, aludiendo a un reality de moda en aquellos años, dijo la frase lapidaria: “Antes el glamour era el despertar de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, pero  hoy en día  parece que es el tanga de Aramís Fuster”

Creo que desde que existe la prensa como tal, existe la prensa de sociedad, o al menos, no tardó mucho en aparecer. Puede que sea hasta cierto punto lógico que nos puedan interesar las vidas de los artistas, los deportistas renombrados, la nobleza, los monarcas, y demás gente que se destaca por cuna o trabajo. En esto, claro está, hay grados, y unos nos interesan más que otros, igual que el interés debe tener una frontera. Con esto sólo trato de no ser hipócrita, ya que aunque el mal llamado mundo del corazón no es algo que me fascine, como todo hijo de vecino no puedo vivir totalmente ajena a él y tengo una idea general de quién es quién.

Pero toda esta divagación me ha venido por un camino bien distinto. El camino del canto lírico, y la curiosidad por saber algo más de Adelina Patti, popularmente llamada “la Patti”, que se tolera el artículo ante el apellido pues así es como suelen apelar a estas divas. La verdad es que espero agenciarme alguna biografía de ella o algo así, porque pese a ser una diva en el completísimo sentido de la palabra, con lo bueno y lo malo que ello encierra, me ha parecido una mujer fascinante. No hablaré de su talento, ni sus joyas, ni su suntuoso castillo, no, sino del personaje, su proyección social, las leyendas ciertas o no que sobre ella han llegado a nuestros días.

Por ejemplo, lo de que desayunaba sándwiches de lenguas de canario para mantener su nivel vocal. Me parece una barbaridad y no creo que sea verdad, pero otra serie de anécdotas son interesantes a la par que representativas. Además de su fama mundial, y los regalos de reyes como premio a sus soberbias actuaciones, se cuenta que, en ocasiones, cuando éstas terminaban, el público, sus incondicionales, tomaban su coche y tiraban de él a la manera de caballos. Era tacaña, no perdonaba ni un céntimo de su alto caché, por lo que no era especialmente aficionada a las actuaciones benéficas. Dicen que en una ocasión, un niño que no podía pagar una entrada para verla se coló en un ensayo. Subió  de forma clandestina sobre el escenario para poderla oír mejor desde la primera planta, pero tropezó y cayó de cabeza sobre las tablas. Dicen que, ante esto, la Patti dijo: quien quiera oírme cantar, debe pagar o morir, está claro. Y no juzgo si era buena o mala persona, pero era una diva, una celebridad de su tiempo, a quienes sus incondicionales consentían aquello.

Nuestra generación tiene grandes sopranos, pintores, arquitectos, incluso la obsoleta institución de la Monarquía. Tal vez ésta última sea la única que conserva su “prestigio social”. Pero con las excepciones de algunos cantantes que, con todo el respeto, no alcanzan la grandeza de los líricos de otros tiempos, hemos renunciado al arte y el talento por encumbrar a gente de méritos dudosos pero con capacidad de arrastrar a las masas. Me imagino a la gente empujando el coche de Belén Esteban por todo Madrid y regalándole diamantes en caso de poder. La primera vez que la Patti se oyó a sí misma en un disco, exclamó algo en francés que traducido vendría a ser: “¡Oh! Que maravilloso, ahora entiendo por qué soy la Patti”. Yo me figuro que aquello era un ‘¡Arriba la Esteban!’ de la época, ya que la princesa del pueblo posee el mismo artículo ante el apellido que las divas del bel canto.

Comentando su primera película, Tesis, Amenábar confesaba que cuando la hizo creía que la televisión y la prensa amarilla tomaban un camino violento, pero que se equivocó, y se cambió dicho camino por un sendero colorín en que vemos las miserias de personas conocidas. La Esteban anda haciendo un programa al estilo “21 días” y yo me pregunto si no sería mejor ver en esa franja horaria unos tiroteos sangrientos o algo así. Lo mismo resulta menos nocivo.

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