El arco de la Macarena. - Alejandro Sempere Neira

Todos somos de un barrio, todos somos de un sitio, ya sea por nacimiento o por adopción. Cuando el malogrado Juan Carlos Aragón escribió: «Qué importa dónde, qué importa su nombre, mi barrio es el mío» plasmaba con extremo acierto lo que a mí me gustaría plasmar en estas líneas. Yo soy de la Macarena y este es mi barrio. He de admitir que mi barrio abarca lo que sus vecinos quieren que abarque, y el caso particular de estas líneas no es una excepción.

Como cualquier niño que nace en un barrio, pronto uno se impregna de los elementos característicos del mismo; o de otra forma, la idiosincrasia del lugar se funde con el pueblo que lo habita y viceversa. Este proceso es curioso y muy difícil de catalogar, ya que existen diferentes grados de medición sobre el hecho, pero lo que sí que sé es que este se produce, qué es lo más importante.

Mi barrio, como todos los demás, tiene grandes defectos y numerosísimas virtudes, pero todo lo que acontece pasa a través de un arco y, a través de él, el paso del tiempo me atropella. Es inevitable pensar en todos los recuerdos y vivencias que uno vive en el barrio de uno; es el lugar donde uno aprende a ser, y como todo lo que es complejo, no es fácil de olvidar. Cuando paseo por mi barrio, no solo paseo yo; también pasean todos los momentos que he vivido en sus calles y, como consecuencia, uno ya sabe lo que le espera cuando se aproxima a una esquina.

Entre las columnas de la Alameda crecí y en el andar de sus adoquines y poyetes me doctoré en sentir, reír o incluso amar. Es una sensación extraña porque son en esos momentos cuando sé que el barrio está dentro de mí, pero no estoy tan seguro de si yo vivo en él, como cuando voy recorriendo la interminable calle Feria buscando El Jueves y no puedo ver a mi abuelo para agarrarle la mano y continuar regateando en los puestos para conseguir el cromo de Luis Fabiano o ver perderse a la Macarena tras el final de la marcha entre gritos fruto del fervor popular de ateos y rojos en la mañana del Viernes Santo.

Aquí pasan cosas que en otros lugares no pasan. En este barrio no solo habita la Madre de Dios —y lo dice un ateo—, sino que también fue lugar de refugio para aquellos que un día fueron perseguidos y estigmatizados, encontrando aquí un lugar donde no tener miedo a ser diferentes, en definitiva, encontrar un hogar para poder ser.

Entre sus calles conviven sensibilidades distintas que se abren paso y arrasan sus encuadres como si de un tornado se tratase, dependiendo de qué época del año nos encontremos, alcanzando un equilibrio que parece que se rompe, pero que nunca termina de hacerlo, creando algo asombroso.

No sé si tendré que marcharme algún día, pero si lo hago, sé qué respuesta daré cuando me pregunten de dónde soy: «Yo soy de la Macarena y este es mi barrio».