Como en aquel mundo moralmente apocalíptico que describió de forma brillante George Orwell en su obra magna 1984, donde las máximas del Partido rezaban paradójicamente que “La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la fuerza”; en la actualidad más imperiosa estamos viviendo situaciones que, a pesar de absurdo de sus planteamientos, se reproducen de forma similar sin rubor alguno.

Jesús Benabat. Así, observamos cómo el pseudogobierno marroquí del rey Mohammed VI tacha de “racista y rencorosa” a la prensa española al mismo tiempo que se blinda informativamente hacia el exterior imposibilitando cualquier tipo de libertad en el ejercicio profesional de los periodistas desplazados al país (en cualquier caso se les retiene, expulsa o reprime), o acusa a Mariano Rajoy de “atentar contra su integridad territorial” cuando, a su vez, saquea e invade sin contemplaciones los territorios saharauis sobre los que no tiene reconocida soberanía alguna.

El recurso de “el mundo al revés” está muy explotado en la propaganda oficial de los países más déspotas y autocomplacientes, pues utilizan la supuesta incomprensión que fingen padecer de cara a su población para favorecer su aislamiento total ante una comunidad internacional que, de forma más explícita, los asedia injustamente. El caso de Marruecos es paradigmático.

De nada han servido las numerosas disposiciones de la ONU y del Tribunal Internacional de La Haya acerca del estatus del Sáhara Occidental, aún hoy un territorio pendiente de descolonización tras treinta años bajo la administración ilegal del reino de Marruecos. Y es que la antigua colonia española, abandonada a su suerte (más bien dejada en manos de la famosa “marcha verde”) en 1975 en medio de la tormenta sucesoria que desencadenó la muerte del dictador, es de facto una provincia más del país magrebí sobre la que ejercer todo el peso de la represión sin que ninguna voz sea alzada entre la Comunidad Internacional.

Tampoco, evidentemente, la del gobierno español. Las promesas del entusiasta José Luís Rodríguez Zapatero, recién llegado a la Moncloa en 2004, acerca de su disposición a acabar con el conflicto del Sáhara, han quedado en eso, en vagas esperanzas y deseos irrealizados. Sorprende, sin embargo, que esa actitud conciliadora tajante expresada por diferentes miembros del PSOE en los tiempos de bonanza haya devenido en una posición de cobardía muy peligrosa para los intereses de España y, naturalmente, para los miles de saharauis que viven hacinados en mitad del desierto clamando en vano por la justicia que les ha sido negada durante décadas.

Incluso Mariano Rajoy, oportunista donde los haya, se ha percatado del inmovilismo exacerbado del gobierno, y se abandera a sí mismo como defensor de los pobres saharauis, lo que le ha valido una dura reprimenda del gobierno marroquí. Y mientras tanto, el gobierno sigue callando y exigiendo unidad de mensaje entre las filas del partido, no vaya a ser que una conciencia revoltosa denuncie la flagrante violación de los derechos humanos escenificada en el asalto del campamento de protesta del Al Aaiún.

La pantomima política raya en el bochorno. A un país como Marruecos, perpetrador de una invasión ilegal de un territorio ajeno mantenida a lo largo de tres décadas en las que se ha aislado y hostigado a la población local, no se le debe permitir que, además, acuse de racista y manipuladora a la prensa de otro país, este sí democrático, o exija silencio a sus líderes políticos. Son de sobra conocidos los intereses que vertebran las relaciones España-Marruecos, sin embargo, cabría preguntarse si estos deben prevalecer sobre la dignidad de un país o la vida de toda una población que continua sufriendo. Y es que silencios tan flagrantes como el del señor Zapatero son los que socavan el liderazgo de un presidente que antepone la falsa cordialidad con un país autoritario a la defensa de los ideales democráticos y progresistas que deben regir el estado español.

Si nadie lo desmiente, continuaremos viviendo en ‘el mundo al revés’. Entonces no seremos más que racistas resentidos, déspotas y represores sin piedad alguna.

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