El Valencia y el Sevilla firmaron un empate agónico en Mestalla, un 1-1 que dejó la sensación de que el Sevilla perdió más de lo que ganó. El encuentro, intenso pero irregular, caminó entre dudas, presión y desgaste continuo. Para el Valencia, el partido se convirtió en un ejercicio de resistencia y reacción, un duelo que exigió convicción y paciencia hasta el final.
El choque avanzó con alternativas, con momentos de dominio repartido y con imprecisiones que encendieron la tensión en la grada. El gol sevillista, obra de César Tárrega que se metió en propia luego de que no despejará bien el centro de Oso, obligó al Valencia a cambiar por completo su plan, a volcarse arriba y buscar el milagro. El equipo local resistió contra reloj, empujado por la insistencia de un Mestalla encendido.
El empate llegó en el 93’, obra de Hugo Duro, que cazó un balón suelto dentro del área para fusilar la meta rival. Un gol de puro instinto que cambió el guion en el último latido del partido. Fue el estallido que confirmó al delantero como líder emocional y competitivo del Valencia.
Para el Sevilla, el resultado deja un sabor amargo: un punto que parecía tres, un golpe que se sintió más fuerte por llegar tan tarde. Para el Valencia, un brote de esperanza. Para ambos, una lección de lo imprevisible del fútbol.
El partido comenzó con ambos equipos midiendo cada paso, conscientes de que cualquier error podía cambiar el rumbo del encuentro. El Valencia intentó desde el inicio imponer ritmo por las bandas, mientras el Sevilla apostaba por la pausa y por encontrar superioridades interiores. Las posesiones eran cortas y cada disputa se vivía como una batalla individual.
La presión alta sevillista incomodó por momentos al equipo local, forzando pérdidas peligrosas que, sin embargo, no se tradujeron en ocasiones claras. El Valencia respondió buscando transiciones rápidas que tampoco terminaron de cuajar, frenadas casi siempre por la defensa visitante.
La primera parte avanzó con más intención que precisión, con imprecisiones constantes y sin que ninguno encontrase la llave del partido. Aun así, el duelo nunca perdió intensidad: cada balón dividido levantaba suspiros en las gradas y cada aproximación parecía el preludio de algo mayor.
El tramo final del primer periodo reflejó la igualdad total del choque, con dos equipos conscientes de que el margen era estrecho y el desgaste cada vez mayor. No había cambios en el marcador, pero la tensión no hacía más que crecer.
El segundo tiempo arrancó con un Sevilla más decidido, dando un paso adelante y generando presencia continua en campo rival. La insistencia tuvo premio cuando una jugada en el área valencianista, luego de un centro de Oso, terminó con el primer gol de la tarde, que adelantó momentáneamente a los visitantes y encendió las alarmas en Mestalla.
El tanto hizo daño al Valencia, obligado a reorganizarse con rapidez y asumir riesgos. El Sevilla, por su parte, se replegó con inteligencia, protegiendo su ventaja y esperando el momento para lanzar contragolpes que pudieran sentenciar el duelo.
El plan visitante parecía funcionar: serenidad, control del ritmo y una defensa firme que desactivaba los ataques valencianistas. El partido parecía inclinarse definitivamente del lado sevillista. Pero el Valencia, lejos de rendirse, encontró energía en el orgullo.
El encuentro pasaba por su tramo más complejo para los locales, que necesitaban un impulso anímico y futbolístico. El gol visitante no solo cambió el marcador, sino también la urgencia y el espíritu del choque.
A partir del minuto 70, el Valencia se adueñó del partido. Empujado por su afición, aumentó la intensidad, corrió más y presionó más arriba, obligando al Sevilla a retroceder metros. Las llegadas se multiplicaron, aunque sin una claridad absoluta en los metros finales.
Los centros laterales se convirtieron en el recurso más constante. Mestalla olía el nerviosismo visitante y alentaba cada jugada, cada balón dividido, cada intento de reacción. El Sevilla, cada vez más metido en su área, defendía con todo lo que tenía.
El partido entró en una dinámica de asedio valencianista: córners, faltas laterales, segundas jugadas… y un Sevilla tratando de resistir el aluvión. El reloj corría en contra de los locales y el empate parecía escaparse entre los dedos.
La tensión era máxima. El encuentro ya no tenía control ni pausa, solo voluntad, empuje y un Valencia empeñado en no aceptar la derrota. Mestalla se preparaba para un desenlace agónico.
Cuando el partido agonizaba, llegó la acción que definió la noche. En el minuto 93, un balón suelto dentro del área sevillista fue cazado por Hugo Duro, que controló y soltó un zurdazo inapelable para consumar el empate. El delantero valencianista, infalible en el área, volvió a ser decisivo.
El estadio rugió. Fue un gol que sabía a salvación, a orgullo, a insistencia premiada para los chés. El Sevilla, que ya saboreaba el triunfo, quedó congelado. La jugada final rompió la resistencia visitante y otorgó al Valencia un punto trabajado a base de fe.
Los últimos segundos apenas sirvieron para confirmar que el empate sería definitivo. El Sevilla lamentó su falta de contundencia para cerrar el encuentro. El Valencia celebró un empate meritorio
