A los veintiséis años, a Anabé Tarrou le diagnosticaron un cáncer maxilofacial en un estadio avanzado. Aquel golpe inesperado marcó un antes y un después en su vida y se convirtió en el punto de partida de La última planta, una novela de autoficción nacida de los diarios que comenzó a escribir desde el hospital para explicar a su familia cómo se sentía.
Lejos de la autoayuda y del relato heroico de la enfermedad, Tarrou construye un libro híbrido que mezcla diario, ensayo, teatro y poesía, en el que conviven dolor, miedo, humor y lucidez. La última planta, que se lanzó el 22 de enero de 2026 con Plaza & Janés, aborda no solo el cáncer, sino también la madurez, el amor y la forma en que aprendemos a vivir cuando la inocencia se quiebra.
– Para quienes no hayan leído la obra o no te conozcan, ¿qué planteas en La última planta?
-La última planta es una novela de autoficción que habla de mi proceso a lo largo del cáncer. Pero, aunque no hayas vivido la enfermedad, tiene que ver con la mayoría de las personas que han pasado por un proceso de madurez. Se habla de las relaciones interpersonales en ese tránsito hacia la maduración, tanto si has vivido la enfermedad como si no. Se refleja el curso por la enfermedad, pero también cómo se le habla a los niños de ella, cómo los familiares ayudan en ese paso a la madurez, qué papel desempeñan, qué es enamorarse en circunstancias adversas, cómo a veces se confunde el amor con la necesidad y cómo se atraviesa todo eso, no siempre de la mejor manera, pero sobreviviendo.
La novela es un poco de todo: hay teatro, poesía, ficción, cambios de perspectiva. Es una mezcla de géneros. No es autoayuda, eso lo descarto desde el principio. Todo lo que pasa en el libro es real, pero utilizo distintos géneros literarios para contarlo de la manera más honesta y eficaz posible.
–¿Cuándo decides que esta historia debe convertirse en un libro?
Es complicado. Al principio surge en el hospital. Necesitaba contarle a mi familia cómo me sentía y empecé a escribir un diario que compartía en Google Drive. No era exactamente un diario, sino una especie de registro de cómo me iba sintiendo y atravesando las cosas.
-En ese momento, una enfermera me regaló El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, y también estaba leyendo a Annie Ernaux. Son libros que hablan de experiencias personales. Frankl es un psiquiatra superviviente del Holocausto nazi y Ernaux habla, entre otras cosas, de la experiencia de un aborto clandestino cuando estaba prohibido. Me di cuenta de que las historias personales son más universales de lo que pensamos. Lo que empezó como un diario acabó convirtiéndose en esta historia.
–¿En qué momento de tu paso por el hospital comienzas a escribir?
-La primera parte del libro transcurre durante mi etapa en el hospital y la enfermedad. La segunda la empiezo cuando salgo del hospital y tengo que reincorporarme a la vida laboral, apenas dos meses después de mi última quimio.
–¿Cómo surge la posibilidad de publicar con esa editorial?
-Al principio lo envié a distintos concursos y editoriales. Con Penguin ya había trabajado en otro proyecto. Les envié el texto y funcionó.
—Sobre tu proceso con la enfermedad, ¿qué fue lo que más te sorprendió al inicio del diagnóstico?
Sí. Fue justo en plena salida del COVID. Al principio lo que notaba era que se me taponaba la nariz y se achacó a un posible resfriado o COVID. Nadie pensó que fuera cáncer. Ha sido un trayecto muy largo. El cáncer que tengo es más típico de huesos largos, brazos y piernas, no de la zona donde lo tengo yo, que es maxilofacial. Me abarca todo el paladar.
Me hicieron una biopsia y una operación, pasé por varios hospitales y finalmente me diagnosticaron en La Paz, en Madrid, pero me trataron en el Virgen del Rocío, donde son expertos en sarcomas. Tengo la grandísima suerte de haber caído allí. Probablemente, si no hubiera sido en el Virgen del Rocío, no estaría aquí. La inmensa mayoría de personas con mi afección mueren, porque a mí me lo descubren muy tarde, en un estado muy avanzado.
—Después de todo el proceso, ¿qué valoración haces de la sanidad pública?
-La sanidad pública tenía los medios y los médicos preparados para mi enfermedad. Aunque estaba en un estadio avanzado y de alto grado, decidieron arriesgarse. Pasé por quimio, que al principio no funcionó; luego radio y después volvimos a la quimio. Y aquí estoy.
Ahora estamos en huelga de médicos y creo que es importante cuidar la sanidad pública, porque enfermedades como la mía no se pueden afrontar en la privada. La quinta planta sigue llena de personas con cáncer.
–¿Contemplaste la posibilidad de la muerte?
-Todo el rato. Cuando me dieron el diagnóstico, me hablaron de otros casos que habían muerto. Me dijeron que lo iban a intentar, pero no te dan seguridad. Hubo un momento en que la quimio no funcionaba y, con mi padre, me dijeron que empezara a pensar en mis últimas voluntades. Me tuve que sentar con mis padres a hablar de la muerte y de qué quería yo. En un informe médico aparece una frase que está en el libro: «Prefiere calidad de vida a cantidad de días».
–Cuando te enteraste del diagnóstico decidiste hacer una boda con la vida. Háblanos de eso.
-Vengo de una familia muy unida. Mis amigos y mi familia siempre están juntos. Lo que más me pesaba era que el cáncer es una enfermedad larga y no sabes cuánto dura. Pensaba que si me iba deteriorando y no salía, el último recuerdo que tendrían de mí sería el de alguien consumida por la enfermedad. Eso me aterraba. No me ha dado miedo la muerte, pero sí el sufrimiento. Decidí contarlo todo tal y como pasara y celebrar la vida por si venía la muerte. Quería que la última imagen de mí fuera con el pelo pelirrojo largo, riendo y celebrando.
Mi prima buscó la decoración, mis padres se encargaron de la comida, mis tíos cortaron tapas, avisamos a todos mis amigos y montamos una boda de verdad. Se leyeron votos, hubo fiesta. No sabíamos lo que venía, pero celebrábamos que nos queríamos y que estábamos juntos.
–En el libro también hablas de una pareja que se fue cuando empezó todo. ¿Pensaste que encontrarías al amor de tu vida durante el proceso?
-No. Durante la enfermedad sientes que no mereces amor, que eres una carga. Te cuesta verte como alguien deseable. Pensaba que no volvería a tener una boda romántica y por eso hice la simbólica con mi familia y amigos. Creía que el amor romántico lo había perdido para siempre.
–En el libro hablas de una compañera de habitación, Paca, que te dice: «Tú te vas a salvar, pero yo no». Tú no eres creyente, pero esos momentos te hacen replantearte cosas.
-No soy creyente en una religión institucionalizada, pero sí espiritual. Cuando compartes habitación con personas altamente medicadas, como Paca, es común que tengan ciertos estados alterados. Pero también, cuando te sientes tan pequeña y perdida, necesitas creer que hay algo por encima de ti.
A día de hoy, todos los amigos que me acompañaron en la quinta planta han muerto. Me resulta muy duro pensar que todo su sufrimiento acabara en vacío. Mi relación con el Dios que nos han enseñado está muy deteriorada y enfadada. No soy religiosa, pero sí espiritual. No sé si creo, pero quiero creer que no somos solo sufrimiento.
–Hay un antes y un después en ti. ¿Qué más ha cambiado?
-Uno de los trámites más duros es aceptar que no vas a volver a ser la persona que eras. Me pasó con 26 años. Acababa de terminar la carrera, estudiaba un máster, trabajaba. Era una chica sana y pensaba que todo estaba por venir, que me iba a comer el mundo.
Se quiebra la inocencia. Crees en la meritocracia, en que si haces las cosas bien te irá bien, en que por ser joven no te pasará nada grave. De repente descubres que no hay justicia, que la enfermedad y la muerte existen y pueden tocarle a cualquiera. Desde entonces ya no veo la vida como algo sencillo o inocente. Me he vuelto más cínica.
–¿Hay algo que hayas dejado fuera de la obra?
-Sí. Por ejemplo, me han concedido la discapacidad recientemente; es un proceso que tarda más de dos años. El mundo laboral está tratado muy de pasada. Tampoco se habla del poco apoyo psicológico en el hospital. A mí no me visitó ninguna psicóloga en la habitación. Creo que falta apoyo tanto para pacientes como para médicos y enfermeras.
–Mencionas que el cáncer está «petrificado», dormido. ¿Cómo convives con eso?
-Físicamente, con revisiones periódicas cada tres meses: TAC, PET-TAC y consultas con oncología. Psicológicamente, con terapia. Lo más difícil es aceptar que serás paciente oncológica toda la vida. Me miro cada día la boca, la cara. Convives con ello, pero siempre sientes que estás apuntada por un francotirador.
–¿Existe la posibilidad de extirparlo en el futuro?
-Mi tumor es hueso; forma parte de mí. Para extirparlo habría que quitar todo el paladar. Está controlado y, si volviera, podrían darme más radiación o quimio, pero incluso algo tan simple como quitarme un diente es muy complicado porque puede reactivarse o necrosarse. No se habla tanto de los casos en que el cáncer se vuelve crónico. En mi caso, no necesariamente estará activo, pero conviviré con él en mi maxilofacial toda la vida.
–¿Te ha limitado en el día a día?
-Sí. Después de la quimio y la radio quedan secuelas. Respiro por la boca, tengo dolor crónico y otras complicaciones. Soy discapacitada. Hay trabajos que ya no puedo realizar.
Si pudieras hablar con la Anabel del pasado, ¿qué le dirías?
-Que tenga paciencia. Recuerdo pensar que mañana estaría mejor, que lo conseguiría pronto. Lo que más me ayudó fue asumir que esto es a largo plazo. Cada día que estás aquí merece la pena. No mirar a cinco años vista, sino vivir día a día.
