En la Taberna Chiguato, en pleno corazón de Triana, cuelgan decenas de servilletas pintadas. Son pequeñas obras firmadas por Manuel Barragán, un joven dibujante sevillano que se ha hecho viral en redes sociales con su proyecto «De servilletas maneras», en el que convierte algo tan cotidiano como una servilleta de bar en soporte artístico.
Barragán comenzó a dibujar sobre servilletas desde pequeño, cuando sus padres, en lugar de darle un móvil para entretenerlo en los bares, le ofrecían un papel, un bolígrafo o una servilleta para que dibujara. Aquello que empezó como un pasatiempo se ha transformado en una forma de expresión que ha traspasado fronteras. «La primera que se hizo viral fue la del Corpus en la Colegial del Salvador», recuerda. «Pero la que realmente lo cambió todo fue la de la Giralda; a partir de ahí empezó esta locura».
El artista defiende la espontaneidad y cercanía de su arte: «Lo bonito es que las servilletas nacieron como algo improvisado, algo que surgió sin planearlo. Al final, se puede hacer arte en cualquier formato». Con un bolígrafo como única herramienta, se toma el proceso con naturalidad, aunque con el mismo respeto con el que un pintor se enfrenta a un lienzo. «El boli no está hecho para pintar, pero es mi herramienta de trabajo, y disfruto igual que si tuviera un pincel», explica.
Sus dibujos, que nacen entre conversaciones y cervezas, condensan un espíritu muy sevillano: el arte que surge de lo cotidiano. «Creo que reflejan lo que somos los sevillanos. Nacen en la barra de un bar, en esos planes improvisados que tanto nos gustan. En una servilleta cabe todo y cabe todo el mundo», asegura.
Quienes lo ven pintar en mitad del bullicio suelen acercarse curiosos, sorprendidos de encontrar a alguien dibujando en lugar de conversar o comer. «La gente se queda mirando, pregunta, se interesa. Y eso es lo bonito, que te permite conocer a muchas personas. A veces de una charla sale una amistad para siempre», cuenta. El tiempo que dedica a cada servilleta es breve, entre cinco y quince minutos: «El tiempo justo para que no se me caliente la cerveza».
Para Barragán, la servilleta es un símbolo efímero, comparable a la fugacidad de la Semana Santa. «Dura lo que quiere durar. Algunas se pierden, se mojan o acaban en la basura, pero otras permanecen. Lo importante es cuidarlas, igual que cuidamos lo nuestro, lo que nos emociona».
Desde Triana, su arte ha viajado más allá de Sevilla. «Ha llegado a Nueva York, Berlín, Turquía… Tengo seguidores en Galicia, Canarias, Madrid, Barcelona. Nunca pensé que una servilleta pudiera llegar tan lejos», confiesa. La viralidad, sin embargo, no fue planificada: «Un día subí una foto sin pensarlo, y la gente empezó a compartirla. Cuando me di cuenta, tenía miles de seguidores. Decidí entonces que, en lugar de guardármelas, iba a compartirlas con todos».
La exposición en la Taberna Chiguato no solo muestra parte de su obra, sino que también tiene un fin solidario: parte de los beneficios se destinan al Proyecto Azaria de la Hermandad de la Soledad de San Lorenzo, que ayuda a jóvenes del Polígono Sur con sus estudios. «Las hermandades hacen mucho por la gente desfavorecida, más de lo que se valora. Esta es mi forma de aportar», señala.
Sobre su barrio, lo tiene claro: «En mis servilletas se refleja la Triana que se está perdiendo, el de las casas de vecinos, los balcones con geranios, los mantones el día de la Esperanza. Esa Sevilla auténtica que se diluye con el turismo y la globalización».
Su proceso creativo también mantiene esa esencia de lo espontáneo. «No busco el momento. La servilleta llega cuando quiere llegar. Si la forzara, no saldría igual. Necesito ruido, conversación, vida alrededor. Cuando estoy en el estudio pinto con música con letra, porque el silencio me aleja de la inspiración», confiesa.
El éxito de «De servilletas maneras» ha despertado el interés de marcas y proyectos, y el artista ya trabaja en nuevas ideas, como la «ruta de las servilletas», una iniciativa para que distintos bares de Sevilla exhiban sus dibujos. «Mi idea es que la gente pueda hacer un recorrido y encontrar servilletas en diferentes locales, que quede algo en la ciudad para la historia», explica.
Cuando se le pregunta qué servilleta elegiría para conservar dentro de cien años, no duda: «La de la Giralda. Fue la que me dio a conocer y la que mejor representa a Sevilla, porque, como ella, perdura en el tiempo».
Y aunque su arte haya ganado repercusión, Barragán no quiere sacarlo de contexto. «Una servilleta tiene que estar en su sitio: en los bares. No la imagino en una capilla, sino al lado de una barra, en una casa de hermandad, en su entorno natural. Si la sacas de ahí, pierde su encanto», afirma.
Porque, al final, su obra cabe en todos los rincones y sensibilidades de la ciudad: «En una servilleta cabe un cofrade, un feriante, un flamenco, un futbolero o un taurino. Cabe Sevilla entera. Y eso es lo más bonito: que en algo tan pequeño como una servilleta puede caber todo el mundo».
