Sevilla despertó este Viernes Santo con el anhelo de recuperar su jornada plena de cofradías tras la suspensión del año anterior por la lluvia. En Triana, la emoción crece con la salida de El Cachorro, mientras que La O impone su presencia por la calle Castilla. A pocos metros, en el Paseo de la O, la devoción se tiñe de morado, y los bares rebosan ambiente entre turistas y sevillanos que viven la sobremesa entre incienso y marchas procesionales.

La diversidad de asistentes se refleja en la mezcla de atuendos: trajes oscuros junto a ropa informal y móviles que no descansan. La Semana Santa es ahora un fenómeno global, con visitantes que graban cada instante, aunque pocos se detienen a contemplar los detalles sin intermediarios. A pie de calle, sin pantallas, se recupera también el diálogo: turistas que preguntan, locales que explican, y una mezcla de acentos que convierte el Viernes Santo en una experiencia compartida.

La salida del Cristo de la Salud de La Carretería ofrece uno de los momentos más esperados, mientras hermandades como la del Polígono Sur, apadrinada por La Carretería, recorren el camino hacia la Catedral. El contraste social se diluye en el esfuerzo común de los nazarenos. La Soledad de San Buenaventura, austera y solemne, avanza por el centro mientras el público se deja sorprender por los matices de una liturgia que emociona incluso a quienes la descubren por primera vez.

Cada cofradía lleva en sus pasos recuerdos imborrables. Se homenajea a hermanos fallecidos, se evocan sabores y escenas de la infancia, y se despiertan emociones inesperadas ante el sonido de una marcha o la visión fugaz de un palio en televisión. El Viernes Santo traspasa el ámbito religioso para convertirse en una cita cargada de nostalgia y comunidad, también en los pueblos de la provincia.

Las horas pasan y la ciudad se entrega al recogimiento. Las Tres Caídas cruzan San Isidoro, niños y jóvenes se agrupan en torno a los pasos, y La Mortaja avanza en silencio bajo las estrellas. Solo el sonido de los ciriales y las campanas rompe la quietud de la noche, en un cortejo que recuerda el entierro de Cristo. Así se cierra el ciclo del Viernes Santo, entre la solemnidad del luto y la belleza de una ciudad que, año tras año, revive su tradición más profunda.