En pleno corazón de la Sierra de Aracena y los Picos de Aroche, a apenas hora y media de Sevilla, se esconde un lugar que parece sacado de un cuento. Lo llaman Charco Malo, una poza natural formada en el barranco de la Guijarra, muy cerca del pequeño pueblo de Cortelazor.

Llegar hasta aquí no es tan sencillo como aparcar el coche y lanzarse al agua: hay que recorrer un sendero de unos cinco kilómetros entre bosques de encinas, alcornoques y castaños. Un camino que, más que un obstáculo, es parte de la recompensa. La ruta, aunque con tramos algo exigentes, regala vistas y rincones que parecen detenidos en el tiempo, hasta desembocar en el esperado remanso de agua.

El Charco Malo no solo conquista por su frescor en verano, sino también por las historias que lo rodean. La tradición oral de la zona habla de brujas y espíritus que habitaban en el lugar, y de viajeros que, al caer la noche, escuchaban susurros entre las rocas y el murmullo del agua. Quizás por eso, a pesar de lo paradisíaco de la poza, mantiene un aire misterioso que la hace única.

Bañarse aquí es toda una experiencia: el agua es fría, cristalina y está rodeada de paredes de piedra que la protegen como si fuera un secreto bien guardado. No hay chiringuitos, hamacas ni comodidades modernas; lo que hay es naturaleza en estado puro, silencio interrumpido solo por los pájaros y la sensación de descubrir un rincón al margen del turismo de masas.

Para los sevillanos que buscan una escapada distinta, el Charco Malo es un plan perfecto: senderismo, baño y leyendas serranas, todo en un mismo día. Y al volver al pueblo, nada mejor que reponer fuerzas con un buen plato de migas o un queso de la Sierra de Aracena. Porque a veces, las mejores piscinas no llevan azulejos: se esconden tras un sendero y guardan en sus aguas siglos de historias susurradas.