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El fallecimiento del Papa Francisco ha evidenciado que Europa es irremediablemente cristiana. Quizás no de la forma más ortodoxa posible, pero la cultura, la estética, los rituales y, en última instancia, la fe judeocristiana, sigue siendo un denominador común entre los 27 Estados que forman la UE, con un hermano temporalmente alejado, Reino Unido, que mira de reojo al viejo continente.
El deseo y el intento de conformar una Constitución Europea allá por 2005 falló estrepitosamente por los noes ajustados de Francia y Países Bajos. La idea de avanzar sustancialmente hacia un proyecto político común sufrió una de las mayores crisis de identidad de la UE, entre otros motivos, porque existieron oposiciones férreas sobre si incluir o no en el Tratado constitucional la herencia cristiana europea. España, Italia, Irlanda, Portugal, Polonia y Austria, dieron un sí sin duda, pero Francia y Bélgica se negaron en rotundo. Desde entonces, han pasado 21 años. Sería interesante sondear las prioridades hoy.
La visita histórica del Papa Francisco al Parlamento de Europa
La visita del pontífice en 2014 al Parlamento Europeo marcó el rumbo de las relaciones políticas entre el Vaticano y el resto de los entonces 28. Hacía 26 años que ningún Santo Padre había pisado la casa de la soberanía europea y su presencia y discurso conmocionó a todos los eurodiputados, a excepción de Izquierda Unida que se ausentó en dicho acto. Se trataba de un papa transatlántico de raíces europeas e inmigrantes. Un pontífice revolucionario que sugirió la introducción en la curia de mujeres, de métodos anticonceptivos, o la anulación de cobros por servicios eclesiásticos.
Aquellas palabras calaron en los asientos de Estrasburgo. El discurso del Papa Francisco I fue un hálito de esperanza en un momento de desafección política creciente. Se trató de una propuesta hablada para reconducir la manera de gestionar la diversidad de la UE. Desde el humanismo, desde la instantánea, superficial y profunda, de la fe, a gusto del ciudadano. Apeló a una Europa «ensimismada» en la imagen, en la apariencia y en «la obsesión por la estructura económica». Ante los tecnicismos aludió al «sofismo» como enemigo de un continente que deteriora su propia conciencia identitaria «cuando tolera que el Mediterráneo sea un cementerio». Todo aquello, bajo una gran llamada de atención: «no caigamos en los totalitarismos de lo relativo, los etnicismos sin bondad, o los intelectualismos sin sabiduría», continuaba. Un Pleno en pleno que lo ovacionó. Por entonces, incluso con un Pablo Iglesias entregado. Con o sin Cristo en sus referentes morales, éticos y religiosos.
La reacción de los líderes europeos
Un Papa universal que ha conmovido a posturas europeas aparentemente distantes. Desde Macron, hasta el Rey Carlos III de Reino Unido, pasando por el polémico Viktor Orbán, o Meloni. Todos ellos unidos por un mensaje contundente del Papa y es que «Europa no puede mirar para otro lado», especialmente en materia de inmigración y participación bélica.
Por unos días, las disputas dialécticas y de programa que azotan especialmente a España se dejan a un lado para destacar la figura de un Papa valorado en tu totalidad por su humanidad, más que por su condición de religioso. Quizás, solo quizás, la UE podría replantearse si un líder humanista, espiritual, contribuiría a unir a un continente en circunstancias extraordinarias en el actual orden mundial.
