En mitad de los campos que separan Utrera de El Palmar de Troya, sobre un cerro que domina la llanura, se alza la Torre del Bollo, uno de esos tesoros patrimoniales sevillanos que muy pocos conocen. Semiderruida, silenciosa, rodeada de olivares y ubicada en una finca privada, esta torre medieval ha pasado desapercibida durante siglos… hasta hoy. Su historia es tan sorprendente como el paisaje que la rodea.

Un faro medieval en plena campiña sevillana

A primera vista, la Torre del Bollo puede parecer apenas un montón de piedras antiguas. Pero bajo su apariencia humilde se esconde una función fundamental en la Edad Media: fue una atalaya de vigilancia que formó parte del entramado defensivo de la frontera con el Reino Nazarí de Granada.

Desde su posición estratégica —a 159 metros de altura— mantenía comunicación visual con dos puntos clave: la Torre de Lopera y la imponente Torre del Águila. Juntas formaban una “red óptica”, una especie de internet medieval que transmitía avisos mediante señales de fuego y humo.

Una torre de dos plantas y mil secretos

La estructura original tenía dos pisos, el inferior cubierto por una bóveda y el superior al que se accedía por una escalera interna. Los muros —algunos de casi un metro de grosor— estaban pensados para soportar ataques, tormentas y el paso de los siglos. A su alrededor aún se pueden ver restos de construcciones que, según algunos estudios, pudieron ser corrales o muros de contención.

Hoy, parte de la torre está derruida. La tradición local asegura que un rayo la golpeó hace décadas, dejando visibles grietas y caída parcial de los muros sur y este. Aun así, su silueta continúa imponiéndose en la colina, como un centinela que se resiste a desaparecer.

¿Por qué se llama «Torre del Bollo»?

El nombre parece sacado de un cuento costumbrista, pero su origen sigue siendo un misterio. No existe documentación clara, aunque algunos investigadores apuntan a que podría deberse al apellido de un antiguo propietario o a un topónimo hoy perdido. En cualquier caso, el encanto del nombre forma parte de su atractivo.

Un BIC escondido entre olivos

Aunque pocos la conocen, la Torre del Bollo está declarada Bien de Interés Cultural (BIC) desde 1949, lo que subraya su importancia histórica. Sin embargo, su situación en una finca privada ha limitado tanto su conservación como su difusión. Aun así, varias rutas senderistas la bordean, especialmente las relacionadas con la histórica Banda Morisca, la franja de territorio que separaba el mundo cristiano del nazarí.

Quienes han subido hasta el cerro aseguran que la panorámica es espectacular: campos interminables, el rumor del viento y la silueta de la torre recortada contra el cielo. Es el típico lugar donde uno siente que el tiempo se detuvo hace siglos.

Si te gustan los rincones olvidados, las historias medievales o los paisajes solitarios, la Torre del Bollo es el tipo de descubrimiento que se queda grabado. Un pedazo de historia sevillana que resiste en silencio, esperando a quien se atreva a mirar más allá de los caminos principales.